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Nuestro derecho a tener derechos: por una vida libre de violencias, armoniosa y justa


Por: Marite Hernández Correa y Mtra. Martha Morales González


El pan nuestro de cada día de las mujeres, son las violencias que vivimos y atravesamos en el transcurso de nuestras vidas, éstas no cesan y, por el contrario, se recrudecen; de ahí que, como sociedad, estamos obligadas a seguir exigiendo que las poblaciones cambiemos a un paradigma de derechos, con enfoque multicultural y de paz.


Estas violencias las encontramos en todos los marcos: familiares, laborales, públicos, privados, es decir las violencias nos atraviesan, nos marcan, pero nos hacemos fuertes para poder enfrentarlas, hacerlas conscientes, resistir y actuar.


Hay premisas fundamentales, no debemos normalizar ni naturalizar las violencias en ninguna de sus formas, pugnar día a día a vivir una vida sin violencias y en autonomía, estar convencidas que es un derecho humano.


Los discursos machistas-patriarcales siguen permeando la cultura y nuestro diario andar; es necesario que en los espacios laborales, públicos y privados se denuncien todas las formas de acoso laboral, sexual, académico, etc., así como la violencia institucional, pues si bien es cierto que las mujeres hemos ganado espacios, seguimos cargando con los estereotipos y roles que nos siguen marginando y nos obligan a llevar dobles o triples jornadas, a ser asesinadas y vulneradas.


Pugnar por espacios laborales libres de violencias y sin discriminaciones, sin acosos, es fundamental para construir espacios armoniosos, en este sentido, las autoridades están obligadas a brindar todas las herramientas posibles de capacitación, promoción y difusión para que estás prácticas puedan -y deban- ser erradicadas.


De ahí que se vuelve una obligación de las instituciones establecer, acatar y difundir manuales, protocolos, crear unidades de género, es decir, atender todo el tema que tenga que ver con la prevención de las violencias, de emitir  criterios y medidas que brinden justicia, rutas de prevención y atención; conformando comités de ética de la administración pública.


Comités de igualdad y no discriminación, por ejemplo, pueden ser algunas estrategias para ir reduciendo la brecha de desigualdad y atacar las violencias en contra de las mujeres; así como la aplicación de una visión multidisciplinaria en los espacios; esto permitirá comprender y aprender a sensibilizarnos ante las diferencias para así poder brindar una atención adecuada a los distintos fenómenos de violencias que podemos afrontar.


Otra de las obligaciones de las instituciones es fomentar un cambio cultural que permita ir construyendo los cimientos para establecer relaciones de poder distintos entre las instituciones y el Estado, las organizaciones de la sociedad civil, la academia, los sindicatos, al interior de los partidos políticos y promover una educación inclusiva que reconozca la dignidad de las personas.


Trabajar en los contenidos de los medios de comunicación, con la exigencia de cero violencias y discriminaciones; establecer un dialogo que permita expresar nuestras necesidades y agendas donde construyamos de manera propositiva, creativa e innovadora desde una mirada social y comunitaria.


Otra de las acciones pendientes es la conformación de espacios de contención que atiendan el estrés laboral: actualmente muchos trabajadores y trabajadoras padecen trastornos como el Burnout, psicológicos, psiquiátricos; se vuelve necesaria la atención a la salud mental, emocional e incluso espiritual, en este sentido, debemos de exigir también espacios para nuestra sanación; la tanatología por ejemplo, u otros métodos que nos permitan atendernos  en consultorías de manera accesible y profesional.


Por tanto, todes tenemos derecho a tener y disfrutar estos beneficios.


Sabemos que el proceso es arduo y la lucha constante, es por ello que los invito a que entre todos y todas exijamos la incorporación multicultural -en todos los espacios- en el análisis de los fenómenos sociales, la incorporación de derechos humanos como integrantes de una sociedad que pueda llamarse democrática, diversa y justa, pues solo unidos y exigiendo nuestros derechos podremos alcanzar las condiciones para “el buen vivir”, en el sentido más estricto del equilibrio en todos nuestros ámbitos.

 

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