¿Por qué luchamos este 8M?: La complejidad de la lucha histórica de las mujeres
- La Rata

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Por: Marite Hernández Correa
Hoy más que nunca es necesario hablar y seguir reivindicando los derechos de las mujeres y las niñas. En el marco del 8M 2026, resulta fundamental complejizar el análisis y mirar nuestras luchas desde distintos ángulos que nos permitan responder a la pregunta central de esta reflexión: ¿por qué luchamos?
Partiendo de la premisa que no podemos entender el comportamiento humano de forma aislada, sino que debemos adoptar una mirada macro, y holística de nuestra realidad social, cultural, económica y política.
Esta vez quisiera brindar la posibilidad de que juntas y juntos podamos imaginar perspectivas distintas de la lucha, pues son muchas nuestra motivaciones de salir a las calles y dignificar nuestras vidas; creamos siempre en la posibilidad de que nuestras vidas sean distintas, sin violencias, sin discriminación, sin desigualdad.
Sentimos que es un deber social salir a las calles y gritar que queremos un mundo que sea habitable para nosotras y las futuras generaciones, creemos en que juntos y juntas podemos crear pactos solidarios, de respeto y armonía.
Salimos a las calles porque estamos cansadas de la impunidad, de la colusión de autoridades, de la injusticia, de la desigualdad, de la feminización de la pobreza, de la falta de acceso de las mujeres a derechos sociales básicos como la salud, educación, vivienda, alimentación y trabajo bien remunerado, de que se nos siga tratando como sujetas de segunda clase, que se nos invisibilice, que no seamos tomadas en cuenta, por la falta de oportunidades políticas y académicas, por todas las violencias persistentes. Por los feminicidios, por las violencias sexuales, por el acoso y hostigamientos sexuales.
Tomamos las calles ante la falta de libertades y las ataduras de los convencionalismos sociales y culturales que también matan y denigran a las mujeres y las niñas. Por esto y mucho más salimos cada 8 de marzo a reivindicar nuestro papel como sujetas de nuestra propia historia, por las negligencias estatales, por las burlas que deambulan en los pensamientos y acciones machistas y patriarcales, que somos menos por ser mujeres, ¡ya basta¡
En esta contribución quiero dejar de manifiesto que también es importante reivindicar para nosotras todas las herramientas posibles que nos ayuden a creer y crecer en colectivo, luchar por nuestros momentos, crear redes de apoyo donde nos identifiquemos y que sepamos que estar juntas y juntos es colaborar, apoyarnos: en ser sujetas históricas desde los diferentes espacios que decidamos, con una visión que reivindiquen la dignidad del ser humano.
Es trascendente analizar y adentrarnos en nuestra parte interna como personas; revisar nuestras historias aprendidas, vividas y resignificadas, que —no tengo duda— se expanden en la memoria colectiva. Somos la experiencia y la lucha que dejan ejemplo de valentía y coraje.
Así lo hicieron nuestras ancestras y ancestros: a veces guardando silencio, pero muchas otras rebelándose. Fueron mujeres y hombres de su tiempo, como lo somos nosotras y nosotros hoy.
Ellas y ellos son nuestros referentes de lucha y persisten en nuestra memoria: mujeres escritoras, religiosas, maestras, científicas, políticas, académicas e indígenas que abrieron camino y nos enseñaron a no renunciar a nuestra voz.
De esta manera, debemos reconocer que existen dolores y violencias colectivas que nos identifica como mujeres, la Otredad, la personificación del Ser mujeres en un mundo injusto.
Al profundizar en el dolor colectivo, nos encontramos con la realidad histórica de las violencias contra las mujeres, de nosotras mismas, de nuestra madres, abuelas, tías, violencias normalizadas y estructuras de opresión durante siglos.
Las marchas nos sirven hoy como catalizadores sociales, que nos ayudan a empujar mejores estadios de vida para todas y todos; hablar de las violencias colectivas implica reconocer que existe dolores compartido que trasciende a la persona individual. Por tanto, es necesario hoy empatizar con el sufrimiento histórico de las mujeres como una parte esencial de la experiencia humana que debe ser transformada.
La complejidad de nuestras vidas y relaciones está intrínsecamente ligada a nuestra capacidad de mirar la realidad desde un esquema macro. Solo al nombrar el dolor y reconocer su raíz colectiva podemos empezar a desmantelar las estructuras de conciencia que perpetúan el sufrimiento y limitan nuestro potencial humano.
Nos necesitamos todas y todos para construir relaciones que trasciendan la individualidad, sanar nuestros vínculos y reconocernos como parte de un tejido social más amplio. Solo desde el respeto y la comprensión podremos convertirnos en aliados y aliadas en la construcción de sociedades más justas, democráticas y libres de violencias.
Hablar de nuestros dolores y sufrimientos, de nuestras motivaciones y creencias, seguro aportará una mejor compresión de nuestras realidades.








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