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Flores rosas para ellas, relojes para ellos: el amor también tiene etiqueta

  • Foto del escritor: La Rata
    La Rata
  • hace 4 horas
  • 2 Min. de lectura
  • El mercado no inventa los roles, pero los refuerza y los hace parecer naturales.


Por: Jazmín Ramírez García


El 14 de febrero los aparadores se tiñen de rojo.


Corazones, osos gigantes, cajas de chocolates y globos metálicos se alinean como si el amor pudiera envolverse en celofán.


En plazas comerciales y mercados de San Luis Potosí, las promociones no sólo anuncian descuentos: también susurran un mensaje más profundo sobre cómo deben amar mujeres y hombres.


“Regalos perfectos para ella”, dice un letrero junto a perfumes, maquillaje y arreglos florales en tonos pastel.


A unos metros, otro anuncio promete “Sorpréndelo como se merece” con relojes, carteras y gadgets tecnológicos.


El amor, así presentado, tiene género.


De acuerdo con especialistas en estudios de género, estas campañas reproducen estereotipos arraigados: la mujer romántica, sensible y expectante; el hombre práctico, proveedor y poco expresivo.


El mercado no inventa los roles, pero los refuerza y los hace parecer naturales.


Cuando cada producto está clasificado como ‘para ella’ o ‘para él’, se limita la forma en que las personas pueden expresar afecto.


La narrativa comercial del Día de San Valentín suele colocar a las mujeres como destinatarias de flores, peluches y serenatas, objetos que apelan a la delicadeza y la ternura.


A los hombres, en cambio, se les asocia con artículos funcionales o costosos, reforzando la idea de que el valor masculino está ligado al poder adquisitivo y la capacidad de proveer.


No es casual que muchas campañas publicitarias representen a mujeres emocionadas recibiendo un detalle y a hombres resolviendo la logística: reservando el restaurante, pagando la cena o conduciendo el automóvil hacia la escapada romántica.


La escena se repite año tras año, como si amar fuera una coreografía aprendida.


Pero los estereotipos no terminan ahí. En redes sociales, la presión estética también se intensifica.


Tutoriales de maquillaje “para sorprenderlo”, dietas exprés previas al 14 de febrero y recomendaciones de lencería apuntan, casi siempre, a un público femenino.


La exigencia implícita es clara: verse atractiva es parte de demostrar amor.


En contraste, a los hombres se les concede menos espacio para la vulnerabilidad emocional.


La publicidad rara vez los muestra expresando miedo, inseguridad o deseo de recibir afecto.


El mensaje es sutil pero constante: ellos deben dar, ellas deben emocionar.


Datos del comercio local indican que durante esta temporada las ventas de flores, chocolates y cenas románticas incrementan de manera significativa. Sin embargo, detrás del auge económico también hay una pedagogía silenciosa: el consumo enseña qué esperar y cómo comportarse.

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