Todavía nos queda el fútbol
- La Rata

- hace 2 días
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Por: Mariana Tapia Mendoza
Aprendí a amar el fútbol mucho antes de entender qué era la política.
Crecí en casa de mis abuelos maternos, y los domingos de liguilla tenían un ritual: una torta, un refresco y noventa minutos frente al televisor al lado de mi abuelo. Después llegaron las selecciones escolares. Aprendí a jugar y descubrí la emoción de pisar una cancha. Nunca fui la mejor jugando, pero mientras hubiera fútbol, eso no importaba.
Con los años, sin embargo, dejó de gustarme verlo. El deporte que tanto me apasionaba parecía haber cedido terreno al espectáculo al servicio del negocio. Comenzaron a importar más los derechos de transmisión, los patrocinadores, la mercadotecnia y los intereses geopolíticos que el propio juego. Dejé de reconocer en el fútbol aquello que me había enamorado de niña.
Primero dejé de ver las liguillas. Años después, por esa misma razón —aunque no fue la única— decidí no ver el Mundial de Qatar en 2022. No fue una decisión deportiva, sino política. Rechazaba tanto al régimen anfitrión como a la FIFA y sentía que el fútbol había dejado de pertenecernos para quedar al servicio de quienes hacían negocio con él.
Sin embargo, cuatro años después, este domingo hinché por España en la final contra Argentina.
Y lo hice porque mantengo la férrea convicción de que el fútbol es político.
Con este Mundial aprendí que quizá la mayor contradicción del fútbol sea esta: el capital organiza el espectáculo, pero los pueblos siguen apropiándose de él. Y es precisamente esa contradicción la que hace que a pesar de todo, siga valiendo la pena mirarlo y volver a emocionarme con él.
No es que el fútbol "tenga que ser" político; lo es. Lo es porque es el deporte más popular del mundo. Porque lo creó la gente jugándolo. Nació abajo: en las calles, en los barrios, en las favelas, mucho antes de llegar a los palcos, a los contratos millonarios y a las oficinas donde hoy se administra el negocio.
Fue esperanza y resistencia antes de ser mercancía.
Y cuando una pasión logra convertirse en la esperanza de millones de personas, siempre habrá alguien dispuesto a apropiarse de ella y convertirla en un negocio extraordinario.
Quien controla una pasión compartida por miles de millones de personas, controla mucho más que un deporte. Controla audiencias, dinero, publicidad, prestigio internacional y poder simbólico.
Pero el capital, por sí solo, no produce el espectáculo.
El dinero puede comprar clubes, estadios, derechos de transmisión e incluso influir en la organización de los grandes torneos. Lo que no puede fabricar es el talento. No puede fabricar la imaginación de quien inventa un pase imposible, la finta que rompe una defensa ni la intuición de quien aparece en el momento exacto para darle la vuelta a un partido.
Y ahí aparece una de las grandes contradicciones del fútbol.
Mientras el negocio se concentra en unas cuantas instituciones y élites económicas, una parte muy importante de quienes sostienen el espectáculo proviene de historias muy distintas: hijos e hijas de migrantes, descendientes de pueblos colonizados, jóvenes que crecieron en barrios populares o en comunidades históricamente marginadas.
No deja de ser significativo que una parte muy importante de las principales figuras ofensivas de este Mundial haya sido afrodescendiente. Más que una coincidencia estadística, revela una vieja paradoja: quienes producen la belleza del espectáculo rara vez son quienes controlan el negocio ni quienes reciben la mayor parte de sus beneficios.
Por eso, para mí, este domingo no ganó la España imperialista.
Ganó la España de Lamine Yamal.
La España mestiza, migrante y diversa. La España que desmiente el relato de una identidad homogénea. La España que nunca habría cabido en el imaginario del franquismo. Esa España capaz de despertar alegría incluso entre quienes jamás nos reconoceríamos en el proyecto político del Estado español.
Por eso también hubo quienes celebraron desde Palestina. Porque, aunque el fútbol no detenga bombas ni derrumbe muros, regala victorias que se convierten en símbolos que los pueblos hacen suyos cuando necesitan recordar que todavía existe algo parecido a la esperanza. A veces, cuando todo parece perdido, la esperanza es el único lugar desde donde puede sostenerse la resistencia.
Y confieso que me gusta imaginar que esa victoria dejó un sabor amargo a Infantino, Netanyahu, Trump y Milei. No porque un partido cambie el mundo ni altere por sí solo su rumbo, sino porque de vez en cuando, la historia se empeña en regalar símbolos que incomodan a quienes quisieran convencernos de que todo está definitivamente perdido.
Por eso mismo, para mí, con el resultado de la final mundialista tampoco perdió el pueblo argentino.
Los pueblos nunca son exactamente sus gobiernos, ni se reducen a la voz de quienes ocupan los reflectores. En Argentina también hay un pueblo que resiste el avance de la ultraderecha; un pueblo que sigue aferrándose a la esperanza, que ha levantado la bandera del anticolonialismo latinoamericano sosteniendo, con el corazón en la mano, que las Malvinas le pertenecen.
Un pueblo que persiste en el ejercicio de la memoria, sin importar quién ocupe la silla presidencial. Ese mismo pueblo acompañó orgulloso a su selección hasta la final y celebró con ella, sin importar el marcador.
Y quizá sea precisamente esa contradicción la razón por la que decidí volver a mirarlo: el capital puede controlar el negocio, pero no todo lo que el fútbol significa para los pueblos.
En la alegría también se renuevan las fuerzas para seguir luchando y resistiendo.
Por eso nunca ha sido ni será solamente fútbol.
Porque todo aquello que mueve a millones de personas también disputa símbolos, identidades, memorias y futuros.
La historia no se juega únicamente en los parlamentos o en los campos de batalla, a veces también rueda dentro de una cancha.






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