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“No sé cómo me siento”: el duelo para hablar del suicidio y la salud mental

hace 2 horas
3 min de lectura


Por: Xochiquetzal Rangel.


“No sé cómo me siento”, me responde Daniel, mientras juega con su cabello y en su cara se dibuja una notable preocupación, con aires de no querer sentir. Pienso que es normal su respuesta; nunca, a sus cortos 19 años, alguien le había preguntado cómo se siente después de que un compañero, de su misma facultad, presuntamente atentara contra su vida y la perdiera.


Era martes y el día estaba gris; hasta antes de las 9:45 de la mañana, para miles de estudiantes de la Zona Universitaria de la Universidad Autónoma de San Luis Potosí (UASLP), el 8 de septiembre de 2026 era un típico día de clases. El día número 22 del inicio del ciclo escolar 2026-2027, quedaría marcado por la muerte de un estudiante al interior de las instalaciones .


Daniel se encontraba en la Facultad de Ingeniería, en un edificio contiguo a la torre de Ingeniería donde ocurrió el incidente. Cuenta que alrededor de las 10 de la mañana, le avisaron que debía salir de las instalaciones de la facultad, debido a que estaban desalojando a todos los planteles que se ubican dentro de la Zona Universitaria. Para él, este desalojo era anormal, pues el semestre anterior hubo otro por una presunta fuga de gas. 


Mientras salía del edificio, le llamó la atención que cercaron una zona con cintas rojas y a lo lejos vio una sábana color rojo con una silueta que le hizo pensar que era un cuerpo, pero lo descartó de inmediato porque eso era poco posible en un recinto escolar. Más tarde, se enteró por un comunicado de su propia universidad de la confirmación del “fallecimiento” de un alumno de primer semestre de su misma facultad. De la misma forma en la que yo también me enteré de la muerte de Santiago.


Al igual que Daniel, al día de hoy yo tampoco sé cómo me siento con la noticia; yo no conocí a Santiago y no compartíamos los mismos pasillos que él recorrió, pero su muerte no solo conmocionó a las y los estudiantes de la UASLP, tocó a las y los potosinos, tocó en mí fibras sensibles que van más allá de que su muerte ocurrió dos días antes del Día Internacional para la Prevención del Suicidio. 


Lo hizo porque me recordó a mi amiga Sonia de la universidad, que también perdió la vida al caer de un quinto piso, semanas antes de que nos graduáramos de la licenciatura, y porque yo también tuve ese tipo de pensamientos cuando en una etapa de mi adolescencia me sentía sola, inmersa en un ambiente de violencia y llena de cambios que pesaban mucho. 


A diferencia de las y los alumnos de la UASLP, en mi escuela el luto por Sonia lo vivimos con hermetismo, si lloramos lo hicimos en solo en su funeral y en nuestras casas, porque su muerte seguía siendo tabú en 2016, porque cuando la gente se enteraba de la forma en la que cambió de plano, la señalaba de no haber pedido ayuda, de haberla visto feliz antes de lo sucedido… como si hablar fuera fácil, como si una sonrisa significa que todo está bien, como si pedir ayuda fuera fácil cuando por dentro no sabes que ayuda es lo que necesitas.


Por eso, de todo lo que pasó resalto la valentía de las y los alumnos de la UASLP, de marchar y tomar el espacio público dentro y fuera de sus facultades, para exigir a las autoridades de la UASLP cuenten con protocolos de atención y prevención del suicidio; que prioricen la salud mental de las y los alumnos y al mismo tiempo poner en el centro una problemática de la que poco se hablaba en San Luis Potosí, uno de los cuatro estados a nivel nacional con mayor indice de suicidios, con una tasa de 9.1 suicidios, al igual que Durango con 9.1 defunciones, y por debajo de Quintana Roo con 11.2, Chihuahua con 14.0  y Yucatán en primer lugar con 14.2 por cada 100 mil habitantes, de acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) de 2024.


Que dentro de su dolor, de la conmoción o de no saber nombrar lo que sienten tras la muerte de Santiago, sean tan empáticos como para honrar su vida, llenar de luz y flores su camino, de pegar en las paredes mensajes que pueden ayudar a otras personas que no saben que su dolor importa y mucho. Y que al menos así les sea más fácil hablar, nombrar lo que realmente sienten

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