Las expectativas y el ruido: Día Mundial para la Prevención del Suicidio

Por: Adriana González Gómez
Para comprender la magnitud de esta problemática no basta con las estadísticas ni las cifras institucionales; hace falta asomarse al territorio invisible del dolor, donde habitan las preguntas que queman pro dentro y las mentes que no encuentran descanso.
En alguna libreta personal de una joven dejaba al desnudo el abatimiento con una lucidez que causaba escalofríos: “¿qué significa ser feliz? […] Tu quieres subir de nivel, de estatus. Yo busco sentirme mejor, estar en paz… ¿De qué me sirve conquistar el mundo, si no puedo amar en él?”
Esa frase condensa una de las grandes tragedias silenciosas de nuestra época. Vivimos atrapados en una estructura que mide el valor de una persona por su capacidad de producir, por el título profesional colgado en la pared, por el dinero en la cuenta o por el estatus social que se proyecta hacia afuera. A menudo, las dinámicas familiares y la presión del entorno transmiten el mensaje equivocado: “solo serás alguien si aportas al mundo estructural”. Y en esta carrera interminable por cumplir expectativas ajenas, la salud mental se reduce a un privilegio inalcanzable, dejando miles de personas aisladas bajo el peso de una exigencia abrumadora.
Cuando una persona llega al punto de no encontrar un fin ni un medio para continuar, lo que busca desesperadamente no es terminar con la vida, sino terminar con el dolor. Busca que la mente, exhausta de dudar de su propio valor, por un momento, guarde silencio. Pedirle a una persona que resista únicamente por el bien de los demás o por cumplir una promesa, mientras la estructura económica dificulta el acceso a una atención psicológica o psiquiátrica digna, es dejar a la persona a la deriva en una mar de sufrimiento y soledad.
Prevenir el suicidio implica cuestionar radicalmente lo que como sociedad entendemos por éxito y ser alguien. Ser alguien no es un título ni una cifra; ser alguien es existir, sentir y tener derecho a la paz. Para prevenir, necesitamos redes de apoyo donde la vulnerabilidad no sea juzgada ni minimizada. Necesitamos democratizar el cuidado de la salud mental para que tener atención especializada no sea un privilegio de clase, sino un derecho básico accesible para quien atraviesa un mal momento. Pero, sobre todo, necesitamos volver a aprender a escuchar sin prisas ni recetas hechas. La paz no debería ser un privilegio, sino un espacio al que todos tengamos el derecho a llegar.








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