top of page

Tejer la memoria, desanudar la culpa: Entrevistas a Susana Arocha

  • Foto del escritor: La Rata
    La Rata
  • hace 4 minutos
  • 7 min de lectura


Por: Mariana Castillo Morales


Históricamente, la etiqueta "bruja" se utilizó para nombrar a las mujeres que 

 participaban en círculos de mujeres, estudiaban plantas medicinales, encendían  sahumerios, leían el tarot o levantaban altares desafiando el orden patriarcal. Siendo perseguidas, torturadas y señaladas. 


"Quisieron callar a nuestra bruja interna".


Es con esta frase que Susana Arocha plantea el eje ideológico de su puesta en escena, en el "Mitote de la Bruja Guachichila" , donde la palabra "bruja" no evoca un personaje fantástico ni romántico, sino una sabiduría ancestral:


"Para mí, la bruja dentro de la obra simboliza una sabiduría que ha intentado ser desacreditada, ridiculizada o borrada a lo largo de la historia. No porque fuera necesariamente sobrenatural, sino porque representaba formas de conocimiento, autonomía y comunidad que escapaban al control de ciertas estructuras de poder. (...) Porque reapropiarse de la palabra 'bruja' no significa solamente reivindicar un nombre. Significa reconciliarnos con saberes, intuiciones, memorias y formas de comunidad que durante mucho tiempo nos enseñaron a mirar con vergüenza o desconfianza".

Porque hoy en día ya no es necesario esa quema de brujas para ejercer este control sobre las mujeres, el patriarcado y la sociedad nos ha adoctrinado tan bien que nosotras mismas nos llenamos de culpa, de miedo e incertidumbre. Nudos en una cuerda que se van pasando de generación en generación.


En el Mitote de la Bruja Guachichila, un poderoso monólogo, la actriz Susana Arocha desenreda estos nudos para crear algo más. Contando las memorias y el dolor de cuatro mujeres separadas por el tiempo, pero unidas por las cicatrices de la violencia de género.


Una obra que nace desde la investigación rigurosa de la mano de la antropóloga María Guadalupe Macías Medellín. Descubriendo hilos, desde los registros coloniales de 1599 que documentan la ejecución en la horca de una lideresa indígena guachichil de 60 años por negarse al bautismo y convocar a la rebelión hasta los rostros contemporáneos de la partería Tének; las guardianas del maguey en Mexquitic y las sobrevivientes del punitivo sistema judicial mexicano. 


Sin embargo, el tejido no estaría completo sin un hilo valioso: la propia biografía de Susana con una vida hecha, una familia y una carrera consolidada en la fisioterapia, decidió que nunca es tarde para reclamar el escenario. En un acto de valentía, Susana suma su propia historia de culpas y juicios patriarcales con la de sus ancestras. Regalandonos la hermosa prueba de que no importa la edad, ni qué tan adoctrinadas hayamos crecido; siempre es posible romper con la culpa generacional y unirnos a la red de mujeres que deshacen los nudos de la sociedad, creando un tejido con menos complicaciones para las próximas generaciones.


Cartografía Ritual


El viaje de Susana comenzó a los 40 años, cuando se topó con los juicios invisibles del adoctrinamiento patriarcal, ese que dicta cómo debe verse una actriz reconocida a cierta edad, con una trayectoria impecable y ascendente, imagen que al compararse con su propia vida no encajaba:


"Yo pensaba que para entonces tendría que tener un discurso sólido, ser una actriz consagrada, reconocida, tener una trayectoria clara y ascendente. Y un día empecé a preguntarme: ¿y eso para qué sirve? La vida, mi vida, no había seguido ese camino".

Cuando nació su primer hijo, el teatro pasó a segundo plano. Hubo que sostener otra vida, estudiar otra carrera y poner la propia energía al servicio de la urgencia familiar.


"La vida llegó abrumadora", confiesa en escena, recordando el tiempo en que creía haber perdido partes de sí misma. 

Sin embargo, admite que aquello no fue una pérdida, sino una transformación que le permitió la libertad de subirse al escenario habitando todas sus versiones al mismo tiempo:


 "El tiempo hizo su trabajo y me permitió ver que todas esas versiones de mí también son valiosas: la actriz, la madre, la fisioterapeuta, la cuidadora, la mujer que tuvo miedo y la que siguió adelante. Hoy, con la libertad que me han dado los años, puedo subirme al escenario siendo todas ellas al mismo tiempo. Ya no necesito elegir entre una u otra".

Aceptar el reto de plantarse sola en el escenario implicó soltar los juicios

de que nadie quería escucharla, o de que no tenía nada importante que decir. Pero el valor, explica Susana, nunca fue un logro individual, sino el resultado directo de una red afectiva y profesional que la sostuvo:


"Me cuesta responder esta pregunta hablando de valor individual, porque creo que no lo encontré sola. Lo encontré acompañada. (...) Por eso, cuando me preguntan de dónde salió el valor para estar sola en escena, pienso que en realidad nunca estuve sola. Detrás de esa mujer que aparece en el escenario hay una red de mujeres y colaboradores que sostuvieron el proceso... Si algo he aprendido con esta obra es que muchas veces el valor no nace de la certeza, sino del acompañamiento".

La red se comenzó a tejer desde una charla con su amiga, la antropóloga "Pita" Macías, quien le compartió sus investigaciones sobre las parteras Tének y la Bruja Guachichila, se siguió hilando con la colaboración de Aldo Reséndiz en la dramaturgia ordenando las capas del relato; Sayuri Navarro aportando una dirección sensible, mágica y generosa; Miriam Sánchez apostando a ciegas con sus percusiones; Gladis de Paradise materializando el vestuario y Alejandro Acosta resolviendo la técnica.


La historia iba tomando forma, pero no estaba completa. El reto inicial radicaba en cómo traer al presente a una mujer de hace más de 500 años sin que sonara a una reliquia antigua. Para lograrlo, la dramaturgia decidió  tomar prestadas las vivencias de mujeres contemporáneas que transforman sus entornos, como la abogada Marcela Fernández, defensora de Marisela en Chiapas enlazarlas mediante un diálogo con la Bruja Guachichila, en ese punto Susana se resistía a narrarse a sí misma por temor a establecer equivalencias injustas con los dolores y violencias tan crudos que las otras habían enfrentado. Fue la insistencia de Sayuri Navarro la que le hizo entender que investigar a los demás es fácil, pero exponer las propias contradicciones es el verdadero desafío:

"Investigar a otras mujeres fue mucho más sencillo que narrarme a mí misma. Contar mi propia historia implicaba exponer mis dudas, mis contradicciones, mis miedos y mis juicios. Implicaba dejar de esconderme detrás de las historias de otras personas. Con el tiempo entendí que mi presencia en la obra no busca amalgamar ni representar a las demás mujeres. Más bien funciona como un puente".

Estas nuevas puntadas obligaron a Susana a sacudir sus propias herramientas como creadora, viniendo de una trayectoria fuertemente ligada al teatro cabaret. Aunque extrañó el uso del humor y la risa como mecanismos de sanación propios, mantuvo intacta su convicción de que el escenario debe hacer preguntas incómodas y cuestionar lo establecido. La obra se convirtió en la oportunidad perfecta para democratizar el conocimiento: sacar los años de rigurosa investigación antropológica y traducirlos en una experiencia humana, sensible y accesible para la gente a través del arte. En sus propias palabras:


 “¿Cómo convertir años de investigación en una experiencia sensible, humana y accesible para públicos que quizá nunca leerán una tesis doctoral? Creo que ahí está una de las razones principales por las que quise contar estas historias. Porque el arte tiene la capacidad de traducir conocimientos, emociones y memorias en algo vivo".

El trabajo se veía bien, pero aún le faltaba. Sumando un texto de Paola Klug sobre el cabello, la obra abraza el acto de trenzar como una metáfora de resistencia: el cabello ha sido históricamente un territorio de mandatos y controles patriarcales (cómo usarlo, cuándo cortarlo, cuándo esconderlo). Trenzar, entonces, significa tomar elementos separados y unirlos para construir una fuerza colectiva:


 "Creo que el trenzado aparece porque comparte la misma lógica de los hilos. Trenzar es tomar elementos separados y convertirlos en una sola estructura. Es una forma de construir fuerza a partir del encuentro. (...) Al final, más que un peinado, el trenzado se convirtió para mí en una imagen de cómo las mujeres construimos memoria colectiva. Una hebra sola puede romperse con facilidad; varias hebras entrelazadas generan una fuerza completamente distinta".

Finalmente, la puesta en escena funciona también como una cartografía ritual donde cada mujer ocupa un punto cardinal específico para recibir un acto de reparación poética frente a lo que les fue arrebatado:


  • Marisela, mujer que asesina a su esposo en defensa propia (Al Norte): Ubicada en el rumbo del viento, para que después de tanta violencia pueda gozar de la libertad, el movimiento y el viaje.


  • Eduviges, mujer señalada por su oficio (Al Oriente): El rumbo donde nace el sol y surge la vida, el espacio idóneo para sus saberes de partera.


  • Lucinda, tlachiquera robada por los federales (Al Poniente): El lugar donde el sol se oculta, pero que también representa la fiesta, el jolgorio y la celebración de su energía vital.


  • Susana (Al Sur): El rumbo de la energía creadora de la madre, desde donde se interroga la herencia, la maternidad y aquello que transmitimos a las que vienen.


Con esta distribución, Susana explica que "el ritual escénico intenta hacer un pequeño acto de reparación poética. No podemos cambiar lo que les ocurrió, pero sí podemos nombrarlas, escucharlas y devolverlas simbólicamente a un lugar de dignidad".


Y con toda esta preparación de fondo la obra fue terminada. Su recepción fue buena en San Luis Potosí. Antes de entrar a la función, las asistentes encuentran un dispositivo donde se invita a las madres a escribir de forma anónima aquello que les genera culpa en su maternidad. Al día de hoy, Susana conserva estas notas como un tesoro. Al leerlas en conjunto, descubrió que los dolores más íntimos se repiten textualmente, confirmando que la culpa no es un fallo individual, sino un problema estructural y sistemático:


"Cuando una mujer escribe su culpa piensa que está hablando de algo íntimo y personal. Pero cuando lees cien papeles distintos y descubres que los temas se repiten una y otra vez, entiendes que ya no estamos hablando de un problema individual. Estamos hablando de algo estructural. Creo que la obra ha conectado justamente por ahí".

Desde jóvenes que apenas cuestionan la idea de ser madres, hasta mujeres en sus 70 años que lloran al reconocerse en el escenario, la obra ha demostrado que las heridas y los deseos de libertad son transgeneracionales. Al final más allá de los aplausos o las valoraciones artísticas, el mayor triunfo de El Mitote de la Bruja Guachichila ha sido abrir una grieta en el contexto socio-patriarcal de San Luis Potosí; un espacio seguro para que las personas hablen, se miren a los ojos y descubran, con alivio, que nunca han estado solas en lo que sienten y que juntas vamos a ir desanudando todos eso miedo y juicios, llegando a un San Luis Potosí mejor.



franja alcanta im.jpg
La_Alcantarilla-01.png

Suscríbete

  • White Facebook Icon
  • White Twitter Icon
  • White YouTube Icon

© 2023 por La Alcantarilla. 

Política de privacidad.

bottom of page