Pos-its y heridas jurídicas
- La Rata

- hace 1 día
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Por: Lic. Lourdes Anaí Serrano Camargo
En la universidad, el derecho parecía limpio. Los códigos estaban subrayados de marca textos rosa, llenos de post-its de figuritas y anotaciones en los márgenes. Las teorías tenían nombres elegantes y la justicia sonaba como una idea posible, casi ordenada.
Después llegó la realidad.
Y entonces me pregunté: ¿Qué pasa cuando el derecho deja de ser neutral y empieza a atravesarnos el cuerpo?
Mi primera aproximación al sistema de justicia no fue como abogada. Fue como mujer intentando sobrevivir.
Hace años, después de sufrir violencia familiar por parte de mi expareja, llegué sola y con miedo ante una médico legista en Iguala, Guerrero. Mi familia estaba en Ciudad de México.
Yo solo quería una denuncia en la mano para poder irme con mis hijos sin sentir que estaba haciendo algo incorrecto. Recuerdo la sensación de estar golpeada, cansada y pensando más en proteger a mis hijos que en mí misma.
Mientras revisaba mis heridas, la médico legista me dijo algo que todavía recuerdo con claridad: “No necesitas sutura, realmente no te hizo nada”. Después agregó que si denunciaba, quizá el DIF podría quitarme a mis hijos por permitir que vivieran violencia. Que era casi como si yo también les pegara.
A veces pienso que el sistema no entiende que muchas mujeres llegan a denunciar todavía intentando sobrevivir. Llegan con miedo, confundidas, agotadas y tratando de tomar decisiones en medio del caos. Y aun así, las instituciones parecen exigirles claridad absoluta, fortaleza impecable y una manera “correcta” de reaccionar ante la violencia.
Con el tiempo entré a trabajar dentro de instituciones de seguridad. Fui policía durante diez años creyendo, todavía, que debía existir algo bueno dentro de ellas. Y sí, conocí personas honestas y comprometidas con su trabajo. Pero también conocí la violencia cotidiana que muchas veces se normaliza dentro de esos espacios.
Porque el problema nunca es solo un hombre o un jefe aislado. El problema es descubrir cuántas violencias pueden convivir al mismo tiempo dentro de una institución.
En la policía aprendí que el ambiente ya es duro por sí mismo, pero para una mujer suele ser todavía más difícil. A los hombres muchas veces les piden dinero para resolver problemas. A las mujeres, además, les hacen sentir que el cuerpo también puede convertirse en moneda de cambio.
Hay frases que parecen pequeñas, casi inofensivas, hasta que una las escucha durante años. “Es mujer”, dicen. Y en esas dos palabras caben dudas sobre tu inteligencia, tu carácter, tu capacidad y hasta tu derecho a estar ahí. O peor todavía: “es vieja”, acompañado de risas o de ese tono que intenta convertirte automáticamente en alguien menos capaz.
Descubrí muy pronto que, en ciertos espacios, un hombre puede equivocarse y seguir siendo visto como competente. Una mujer se equivoca y alguien siempre encuentra la manera de convertirlo en una explicación sobre su género.
Con los años una aprende a endurecerse. A hablar firme. A sostener la mirada frente a jueces, jefes, compañeros y audiencias. Aprende a no quebrarse en público. Pero hay violencias que, aunque una sobreviva, terminan haciendo mella en el alma.
El desgaste no siempre viene de un solo gran episodio. A veces viene de la acumulación. Del comentario diario. Del acoso normalizado. De sentir que constantemente hay que demostrar que una merece estar ahí.
Y aun así, me resisto a dejar de creer completamente en el derecho. Tal vez porque, de vez en cuando, también aparecen personas justas. Personas que entienden que ejercer el derecho no debería implicar deshumanizar a quienes atraviesan el sistema.
Personas que todavía trabajan con empatía, neutralidad y dignidad incluso dentro de instituciones profundamente desgastadas.
Pienso, por ejemplo, en mujeres extraordinarias que conocí durante mi paso por la policía. Una agente del Ministerio Público, una jueza cívica y una compañera policía que, además de volverse amigas del alma, hicieron mucho más humano un espacio que muchas veces parecía diseñado para endurecerte.
Mujeres inteligentes, leales y profundamente capaces, que me recordaron que todavía existen personas dispuestas a ejercer su trabajo con honestidad y verdadero sentido de justicia.
Quizá por eso hoy entiendo que lo personal también es jurídico. Porque detrás de cada expediente hay cuerpos, miedo, cansancio, historias y heridas que ningún código alcanza a explicar por completo.
Esta columna forma parte del segmento “Lo personal es jurídico”, escrito por integrantes de SORORAL Red de Abogadas, una colectiva conformada por abogadas de todo el país que brinda asesoría jurídica gratuita a niñas, niños, adolescentes y mujeres en situación de vulnerabilidad.





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