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La violencia psicológica no siempre deja marcas visibles, pero sí deja huellas profundas

  • Foto del escritor: La Rata
    La Rata
  • hace 14 horas
  • 2 min de lectura

Por: Natalia Elizabeth Gutiérrez Valenzuela


Durante años, la sociedad nos enseñó a identificar la violencia únicamente cuando deja marcas visibles en el cuerpo; pareciera que para creer en el sufrimiento de una mujer es necesario ver un golpe, una lesión o un certificado médico.


Sin embargo, algunas de las formas más devastadoras de violencia no dejan evidencia física inmediata. La violencia psicológica existe, es real y también constituye una violación a los derechos humanos de las mujeres. Se manifiesta a través de insultos, humillaciones, amenazas, manipulación emocional, vigilancia constante, control de actividades, aislamiento social y conductas destinadas a generar miedo o dependencia.


Su objetivo no es lastimar el cuerpo, sino someter la voluntad de la víctima hasta hacerle creer que ha perdido el control sobre su propia vida. Uno de los mayores obstáculos para combatir esta forma de violencia es su normalización. Todavía escuchamos expresiones como: “solo estaba celoso porque te quiere”, “así son los problemas de pareja” o “no es para tanto si no te golpeó”, “es la cruz que te tocó cargar”.


Estas ideas no solo minimizan el daño; contribuyen a perpetuarlo. Desde una perspectiva jurídica, la violencia psicológica no es una exageración ni un conflicto doméstico menor. La legislación mexicana la reconoce como un tipo de violencia que afecta la estabilidad emocional, la dignidad, la integridad y el libre desarrollo de la personalidad de las mujeres.


Sin embargo, el reconocimiento legal no siempre se traduce en reconocimiento social. Muchas víctimas llegan a las instituciones después de meses o incluso años de haber sufrido control, intimidación y desvalorización constante. Cuando finalmente buscan ayuda, con frecuencia se enfrentan a cuestionamientos que revelan el profundo desconocimiento que aún existe sobre los ciclos de la violencia: “¿Por qué no se fue antes?”, “¿Por qué regresó con él?”, “¿Por qué no denunció desde el principio?”.


Estas preguntas colocan la responsabilidad sobre quien sufrió la violencia y no sobre quien la ejerció. La realidad es que la violencia psicológica erosiona progresivamente la autonomía de las víctimas. El miedo, la dependencia emocional, la culpa y la pérdida de autoestima no aparecen de manera espontánea; son el resultado de una estrategia de control que se construye con el tiempo. Por ello, reconocer esta forma de violencia no es únicamente una obligación legal. Es también una exigencia ética y social.


Mientras sigamos creyendo que la violencia comienza con el primer golpe, continuaremos ignorando todas las señales que aparecieron mucho antes. La prevención de la violencia de género exige aprender a identificar aquello que durante mucho tiempo permaneció oculto: las palabras que humillan, las conductas que controlan, las amenazas que silencian y los mecanismos que buscan quebrar la voluntad de una mujer.


Porque cuando una mujer pierde la libertad de expresarse, decidir, relacionarse o vivir sin miedo, el problema ya no es privado. Es jurídico, es social, y nos involucra a todas y todos.


Esta columna forma parte del segmento “Lo personal es jurídico”, escrito por integrantes de SORORAL Red de Abogadas, una colectiva conformada por abogadas de todo el país que brinda asesoría jurídica gratuita a niñas, niños, adolescentes y mujeres en situación de vulnerabilidad.

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