Apache: según el diccionario de la misoginia femenina
- La Rata
- hace 20 horas
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En este caminar y andanzas como abogada, que cosas no se viven…

Por: La Abogada Apache.
Hoy, en este artículo que espero sea el primero de muchos, les quiero contar una no sé si llamarle anécdota, vivencia o experiencia, la cual recuerdo cada que voy a un juzgado, un tribunal o bien cada que me encuentro redactando enfurecida un escrito de demanda o un amparo por alguna situación de esas injustas que hacen que te enfurezcas como abogado litigante.
Hace algunos ayeres descubrí que, al parecer, pertenezco a una tribu.
No lo sabía. Nadie me entregó un certificado, una pluma ceremonial, ni me invitó a una reunión secreta. Sin embargo, una colega abogada resolvió el misterio de mi identidad profesional con una precisión digna de peritaje:
-Qué bueno que te integras, que bueno que llegaste al equipo. ¡Hacía falta aquí abogada apache! (refiriéndose a mi)
La palabra llegó a mis oídos acompañada de una amable sonrisa. No fue pronunciada en medio de una discusión, ni como parte de un debate jurídico. Fue dicha por una mujer para describir a otra mujer. Era una compañera de trabajo. También era mujer. En ese momento ocupaba un cargo superior al mío dentro del equipo.
Recuerdo que sonreí por cortesía. Después de todo la expresión parecía un comentario amable. Una especie de bienvenida, sin embargo, la palabra quedó resonando en mi cabeza durante días. Apache.
Con el tiempo entendí y a decir por sus propias palabras, aquel comentario encerraba algo más que una descripción de mi forma de trabajar. Lo que más llamó mi atención en sí, no fue la palabra en sí. Fue quién la pronunció.
Una abogada se refirió a otra colega como una “abogada apache”. El motivo no fue una falta de ética, una conducta indebida o una incapacidad profesional. La razón fue mucho más simple: era una mujer litigante, firme, aguerrida y combativa en la defensa de los derechos de sus representados, así lo dijo ella con un tanto de desdén.
Por años, las mujeres hemos luchado para abrirnos paso en espacios históricamente dominados por hombres. El derecho es uno de ellos.
Sin embargo, una de las realidades más dolorosas es descubrir que, en ocasiones, la resistencia no proviene únicamente de estructuras patriarcales o de compañeros varones, sino también de otras mujeres que han interiorizado los mismos estereotipos que durante décadas nos han limitado.
La expresión no es inocente. Detrás de ella existe una carga simbólica que pretende descalificar a una mujer por ejercer su profesión con la misma determinación que históricamente se ha celebrado en los hombres.
Cuando un abogado hombre es firme, se le considera estratégico. Cuando debate con intensidad, se le reconoce como brillante. Cuando enfrenta al poder, se le llama valiente. Pero cuando una mujer adopta esas mismas conductas, con frecuencia aparecen calificativos destinados a disminuirla: conflictiva, agresiva, problemática o, en este caso, “apache”.
Esta diferencia de trato constituye una manifestación de violencia simbólica basada en género. Se trata de mecanismos culturales que buscan disciplinar a las mujeres para que permanezcan dentro de los límites de lo que socialmente se considera aceptable para ellas: ser amables, discretas, complacientes y moderadas.
La abogacía litigante exige preparación, fortaleza emocional, capacidad argumentativa y, sobre todo, determinación. Ninguna de estas cualidades tiene género. Sin embargo, cuando las ejerce una mujer, todavía generan incomodidad en ciertos sectores que continúan esperando que las profesionistas ocupen espacios secundarios o desarrollen su labor sin confrontar intereses.
Resulta especialmente preocupante cuando estos discursos son reproducidos por otras mujeres. No porque exista una obligación de solidaridad automática entre nosotras, sino porque evidencia la profundidad con la que los estereotipos de género han sido normalizados incluso por quienes también han enfrentado discriminación.
Desde una perspectiva de derechos humanos, toda mujer tiene derecho a ejercer su profesión libre de estigmas y prejuicios. El acceso a la igualdad sustantiva implica que las capacidades profesionales sean evaluadas por criterios objetivos y no por expectativas sociales relacionadas con el género.
Llamar “apache” a una mujer por ser una litigante fuerte no habla de ella, habla de la dificultad que todavía existe para aceptar que las mujeres pueden ocupar espacios de liderazgo, confrontación jurídica y defensa enérgica de derechos sin pedir disculpas por ello.
Las mujeres no tenemos que elegir entre ser profesionales competentes o ser socialmente aceptadas. No tenemos que suavizar nuestra voz para resultar agradables ni disminuir nuestras capacidades para evitar incomodar.
La historia de los derechos de las mujeres ha sido escrita precisamente por aquellas que se atrevieron a ser incómodas. Por aquellas que cuestionaron, litigaron, denunciaron y resistieron.
Si ser una abogada aguerrida significa defender con firmeza la justicia, enfrentar abusos de poder y no claudicar ante la adversidad, entonces el problema no está en la mujer que litiga con valentía. El problema está en una cultura que todavía se sorprende cuando una mujer decide ejercer plenamente su fuerza.
La verdadera transformación llegará cuando una mujer pueda ser reconocida simplemente como una excelente abogada, sin que su determinación tenga que ser explicada, justificada o descalificada mediante etiquetas que nunca se utilizarían contra un hombre.
Por eso hoy puedo decir que si, orgullosamente:
¡Soy una Abogada Apache y me encanta!


