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Violencia familiar: lo que no se ve y lo que todos juzgan 


Por: María de los Ángeles García Gómez


Poco se habla de la violencia ejercida en el vínculo familiar hacia las mujeres, y mucho menos de cómo son juzgadas por las demás personas. Cuando una mujer decide quedarse, callar o regresar, la sociedad no pregunta “¿qué está viviendo?”, sino que se sentencia: “¿cómo puede aguantar eso?”, “si yo fuera ella, ya me hubiera ido”, “es que ella no quiere salir de ahí”.


Pero esas frases, dichas desde el desconocimiento, son otra forma de violencia. Ignoran que la violencia familiar no siempre es un golpe. A veces es control disfrazado de amor, humillación, dinero administrado sin consultar, un cuerpo usado sin permiso, un celular revisado sin avisar. Todo eso, aunque no deje moretones, duele, marca y ata.


Quizás lo más doloroso no es lo que ocurre en la casa, sino lo que ocurre fuera de ella: la mirada de la vecina, el comentario de la amiga, el silencio de la familia que prefiere no meterse. Esa indiferencia o juicio refuerza la idea de que la mujer está sola, de que nadie entiende su proceso, de que ella es la única responsable de su situación.


Ese juicio profundiza el aislamiento y el miedo. Si quien debería apoyar cuestiona, la mujer aprende que no hay salida sin culpa. No solo carga con el peso de la relación, sino también con la presión de parecer fuerte, de no equivocarse, de justificar su decisión. Así, muchas mujeres terminan creyendo que la culpa es suya, cuando en realidad es el sistema, la cultura y la falta de redes de apoyo las que las dejan solas.


Debemos aprender a empatizar con esas situaciones, no desde el dolor, sino desde la comprensión. Solo así podremos ayudar a las mujeres a salir de esos círculos viciosos. El primer paso es dejar de hacer comentarios como “yo no aguantaría eso” o “ella no se quiere ayudar”. Esas frases, aunque se digan con buena intención, refuerzan la culpa y el silencio.


En lugar de juzgar, podemos preguntar: “¿cómo te sientes?”, “¿en qué puedo apoyarte?”, “¿quieres que te acompañe a buscar ayuda?”. Esa escucha activa, sin prejuicios, es la base de cualquier red de apoyo real.


La salida no es un acto individual, sino un proceso que requiere acompañamiento profesional y comunitario. La ayuda psicológica es fundamental para sanar heridas invisibles y recuperar la autoestima. Pero también necesitamos redes de apoyo: amigas, familiares, grupos de mujeres, asociaciones civiles y abogadas especializadas que entiendan el contexto de la violencia y no revictimicen a quienes buscan justicia.


Además, es urgente contar con refugios seguros, empleos accesibles y programas de apoyo económico que permitan a las mujeres reconstruir su vida sin depender de su agresor. Salir de una relación violenta no es solo un acto de valentía, sino de supervivencia, que requiere condiciones mínimas para empezar de nuevo.


En lugar de preguntar “¿por qué no se va?”, deberíamos preguntar “¿qué necesita para poder salir?”. Salir no es solo abrir una puerta, sino tener un lugar a donde ir, dinero, apoyo legal y emocional, y sobre todo, dejar de sentirse culpable por querer vivir en paz. La violencia no se enfrenta con juicios ni preguntas vacías, sino con herramientas, acompañamiento y verdad.


La violencia familiar nos atraviesa a todas y todos. Que no se vea no significa que no exista; que no se denuncie no significa que no duela, y que una mujer no se vaya no significa que no quiera. Significa que el camino no es fácil, que las redes no siempre están, que el miedo, la culpa y el juicio social pesan tanto como cualquier golpe.


Esta columna forma parte del segmento “Lo personal es jurídico”, escrito por integrantes de SORORAL Red de Abogadas, una colectiva conformada por abogadas de todo el país que brinda asesoría jurídica gratuita a niñas, niños, adolescentes y mujeres en situación de vulnerabilidad.


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