Lo que no se nombra en los espacios LGBTIQ+ también sostiene violencia
- La Rata

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Por: Adri Barrios
En los últimos años se ha insistido en nombrar ciertos espacios como seguros: lugares donde la diversidad, la disidencia o la orientación sexual parecieran, por sí mismas, garantizar condiciones distintas a las que históricamente han producido violencia. Sin embargo, la experiencia cotidiana muestra algo más complejo. Existen espacios de socialización entre hombres que, aun cuando se asumen como parte de la diversidad sexual, no están exentos de reproducir dinámicas de poder, abuso y violencia. Nombrarlo incomoda, pero es necesario.
Parte de esta normalización tiene raíces históricas. Durante mucho tiempo, las relaciones entre hombres estuvieron marcadas por la clandestinidad, la persecución y la sanción social e incluso legal. En ese contexto, los espacios de encuentro se construyeron, en muchos casos, desde lo oculto y lo inmediato, donde lo sexual funcionaba no solo como forma de deseo, sino también como una de las pocas maneras posibles de vincularse. Ese pasado ayuda a entender por qué, en ciertos espacios, la hipersexualización y la centralidad del encuentro sexual siguen siendo formas dominantes de relación; sin embargo, que algo tenga una explicación histórica no implica que deba permanecer sin cuestionamiento.
Hoy, esas dinámicas conviven con otras realidades, pero muchas prácticas se han normalizado: acoso, hostigamiento, presión sexual, invasión de límites, consumo de alcohol o sustancias como mecanismo de coerción, y relaciones donde la diferencia de experiencia, capital social o visibilidad se traduce en desigualdad. El problema no es la orientación sexual, sino la reproducción de estructuras de poder que también atraviesan estos espacios.
Particularmente preocupante es la forma en que se han naturalizado conductas de hipersexualización hacia personas jóvenes o con menor experiencia. En estos contextos, quienes cuentan con mayor trayectoria, reconocimiento o redes dentro de estos espacios pueden ocupar posiciones de ventaja que influyen en la interacción. No se trata de una característica individual, sino de cómo ciertas posiciones permiten presionar, desdibujar límites o condicionar el consentimiento, que en muchos casos se vuelve difuso, se interpreta desde el silencio o se negocia bajo dinámicas implícitas que rara vez se cuestionan.
Las plataformas digitales también forman parte de este escenario. Aplicaciones como Grindr han facilitado el encuentro, pero también han reforzado lógicas de inmediatez, consumo y jerarquización de los cuerpos, donde la interacción puede reducirse a lo sexual y donde prácticas invasivas o agresivas se normalizan como parte del intercambio. Estas dinámicas no operan de forma aislada, sino que se conectan con prácticas que ya existían fuera de lo digital y que hoy encuentran nuevas formas de reproducirse.
Además, estas dinámicas no están separadas de otras violencias que también atraviesan estos espacios. La transfobia y la lesbomisoginia siguen presentes, ya sea en forma de exclusión, cuestionamiento de identidades, fetichización, invisibilización o rechazo hacia mujeres lesbianas, personas trans y no binarias. Estas prácticas no solo vulneran derechos, también reproducen jerarquías internas que colocan a ciertas identidades en posiciones de mayor legitimidad que otras, lo que contradice la idea misma de comunidad y diversidad.
A ello se suma la dificultad de nombrar estas violencias dentro de los propios espacios. Señalar implica riesgo de exclusión, pérdida de redes o desacreditación. En muchos casos, quienes denuncian son cuestionadxs, mientras que quienes ejercen estas conductas encuentran protección en círculos de confianza, prestigio o influencia, lo que contribuye a sostener la impunidad y a desalentar la denuncia.
La responsabilidad no es solo individual. También recae en quienes organizan, convocan y sostienen estos espacios: bares, eventos, colectivas, plataformas y comunidades que, por acción u omisión, permiten que estas dinámicas continúen sin ser cuestionadas. La idea de que pertenecer a la diversidad sexual exime de responsabilidad es falsa; ninguna identidad, discurso o causa política justifica o encubre violencias.
Si estos espacios buscan sostenerse como lugares de encuentro, comunidad o resistencia, también deben ser capaces de mirarse críticamente. Esto implica reconocer que existen prácticas que deben erradicarse, que el consentimiento debe ser central y que las relaciones de poder deben ser cuestionadas, así como romper con la protección entre pares y con la tendencia a minimizar o relativizar estas conductas.
No se trata de cancelar espacios, sino de transformarlos. Nombrar estas violencias no debilita a la comunidad; la fortalece, porque solo a partir del reconocimiento de estas prácticas es posible construir condiciones más seguras, más éticas y más justas para quienes los habitan.
La pregunta no es si estas violencias existen, sino ¿Qué se está dispuesto a hacer para dejar de normalizarlas?.






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