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La costura invisible del alma

  • Foto del escritor: La Rata
    La Rata
  • hace 2 horas
  • 2 Min. de lectura

Por: Adriana González


En la ciudad de Argental, las personas no se saludaban con la mano, sino con la mirada fija en el pecho del otro. No era por mala educación, sino por una extraña condición: todos podían ver los "hilos" que colgaban de los demás.


Julián, un relojero de manos nudosas, era un experto en observar estos hilos. Sabía que los hilos del amor eran de un rojo vibrante y cálido, mientras que los de la amistad eran de un dorado resistente, como seda reforzada.


Julián vivía solo, rodeado de engranajes y tic-tacs.


A menudo, se sentía un observador pasivo de la vida ajena. Veía parejas caminar con hilos rojos tan tensos que parecían a punto de romperse por la presión, y amigos cuyos hilos dorados se entrelazaban formando redes de seguridad que los sostenían cuando tropezaban.


Un 14 de febrero, Julián decidió cerrar su tienda temprano. Sentía una pesadez en el pecho, una falta de color que lo inquietaba. Al mirarse al espejo, notó que sus propios hilos estaban pálidos, casi transparentes.


Caminó hacia el parque central. Allí vio a una anciana, doña Marta, sentada en un banco. De su pecho salían docenas de hilos dorados que se extendían en todas direcciones, perdiéndose en las calles de la ciudad.


No eran hilos nuevos; estaban desgastados, tenían nudos de reconciliaciones pasadas y secciones reforzadas tras grandes penas. Julián se sentó a su lado.


—¿Cómo lo hace, Marta? —preguntó Julián—. Sus hilos parecen un mapa de la ciudad entera.


Marta sonrió, y sus hilos brillaron con una intensidad suave. —Los hilos no se mantienen solos, Julián. Muchos creen que el amor y la amistad son cosas que "pasan", como el clima. Pero la verdad es que son artesanía. Hay que tejerlos cada día, incluso cuando te duelen las manos. Hay que saber cuándo dar cuerda y cuándo dejar que el hilo se estire para que el otro pueda volar.


Esa tarde, Julián comprendió que sus hilos estaban pálidos porque había dejado de tejer.


Recordó a su viejo amigo de la infancia, de quien no sabía nada hace años, y a la vecina que siempre le traía café, pero a quien él apenas respondía con un gruñido. Al regresar a casa, Julián no buscó sus herramientas de relojero. Buscó su viejo teléfono y una carta que nunca envió.


Con cada palabra escrita, con cada disculpa sincera y con cada "gracias" que pronunció esa noche, Julián vio cómo sus hilos recuperaban el color. No eran rojos pasionales, sino de ese dorado profundo que solo da la lealtad compartida.


Descubrió que el día del amor y la amistad no era para celebrar la existencia de los hilos, sino para agradecer a quienes, del otro lado, siguen sosteniendo el extremo con la misma fuerza que nosotros

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