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La costura invisible del alma
Por: Adriana González En la ciudad de Argental, las personas no se saludaban con la mano, sino con la mirada fija en el pecho del otro. No era por mala educación, sino por una extraña condición: todos podían ver los "hilos" que colgaban de los demás. Julián, un relojero de manos nudosas, era un experto en observar estos hilos. Sabía que los hilos del amor eran de un rojo vibrante y cálido, mientras que los de la amistad eran de un dorado resistente, como seda reforzada. Juliá

La Rata
hace 3 horas2 Min. de lectura
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