Donde el silencio se hace hogar
- La Rata

- hace 7 horas
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Por: Adriana González
A veces, en el silencio de la noche, nos miramos al espejo y creemos que lo que vemos es un ser acabado, una isla solitaria trazada por sus propios límites. Pero si pudiéramos observar nuestra vida con los ojos del alma, veríamos que no somos un dibujo de un solo trazo, sino un tapiz inmenso y complejo, donde cada color, cada relieve y cada nudo ha sido tejido por las manos de otras y otros. El amor y la amistad no son accesorios que adornan nuestra existencia; son el hilo mismo con el que borda nuestra capacidad de ser felices.
La arquitectura de nuestro corazón es una obra compartida. No hay cimiento más sólido que la mirada de una amistad que te reconoce en medio de la tormenta, ni refugio más cálido que ese vínculo cercano que no te pide que seas perfecto, sino que simplemente seas.
Un amigo/amiga es, en esencia, un guardián de nuestra esencia. Es quien atesora nuestra infancia cuando nosotros la olvidamos, quien guarda nuestros secretos como si de reliquias se tratasen y quien, con una sola palabra, es capaz de encender una hoguera en el invierno más crudo de nuestra tristeza.
En este mundo que corre de prisa, donde la conexión se mide en clics y la presencia se ha vuelto un lujo, detenerse a amar es un acto de rebeldía. Elegir a alguien y decirle: “Tu dolor es mi dolor y tu alegría es mi fiesta”, es la forma más pura de trascendencia que conocemos. Porque los vínculos cercanos son los únicos que tienen el poder de curar las cicatrices que el tiempo nos deja. Son espejos que no reflejan nuestras arrugas, sino la luz que todavía brilla en nuestras promesas.
La amistad y el amor son como árboles antiguos: sus raíces no se ven, pero se entrelazan bajo la tierra con tal fuerza que ningún viento puede derribarlos. No necesitan grandes declaraciones ni fuegos artificiales; se alimentan de la cotidianidad, del café compartido en silencio, de la broma que solo nosotras entendemos, de la mano que se posa en el hombro justo cuando el peso del mundo parece insoportable.
Celebrar el día del amor y la amistad es, en realidad, celebrar que no estemos solas en este inmenso océano de incertidumbre. Es agradecer a esas almas que decidieron anclar sus naves junto a la nuestra. Porque al final del camino, cuando las luces se apaguen y los ruidos se callen, lo único que quedará, lo único que realmente habrá valido la pena, será el rastro de ternura que dejamos en las demás personas y los nombres que pronunciamos con un nudo en la garganta.
Somos quienes somos porque alguien nos amó, y es en ese “nosotros” donde reside la verdadera belleza de estar vivos.








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