Entre la sombra del cáncer y la luz la resilencia
- La Rata

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Por: Sofía Mayela.
El cáncer es una de las enfermedades con mayor impacto a nivel mundial. Las estadísticas lo demuestran; sin embargo, resultan insuficientes para dimensionar lo que implica recibir un diagnóstico, afrontar un tratamiento o vivir en la incertidumbre constante.
De acuerdo con el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), hasta 2024 se presentó una tasa de 73 defunciones por tumores malignos por cada 100 mil personas, de los cuales, las neoplasias malignas de mamá fueron la principal causa de muerte en las mujeres de 60 años, mientras que, en hombres de la misma edad, fueron las de próstata.
Detrás de las cifras y su recolección, resisten historias como la de Daniela, quien tenía 24 años cuando fue diagnosticada con una tumoración en el mediastino –que es la zona central del tórax, situada entre los dos pulmones–, en un momento de su vida, donde el trabajo y la presión constante definían su rutina.
“Inició con una tos acompañada de flemas en noviembre del 2024, siguió en diciembre y para enero del 2025 comencé a trabajar con niños; usaba mi garganta, la voz, por lo que normalicé el malestar”.
Luego de acarrear una tos, y probar tratamientos sin éxito, las náuseas aparecieron en el mes de marzo. No podía ingerir alimentos sin que su cuerpo expulsara un líquido de tonalidades amarillentas y verdosas, síntoma atribuido al estrés.
“El problema es que, quizá con todo lo que me pasaba, yo intentaba buscarle una razón lógica y lo normalizaba, por lo que estaba viviendo en ese periodo”.
El inicio de las sombras
Durante ese tiempo, Daniela vivía con normalidad: recorría las calles rumbo al trabajo, compartía risas y conversaciones con su pareja y familia; sin embargo, mientras intentaba continuar con su vida diaria, la hinchazón se hizo presente: primero por el lado izquierdo del rostro. Después para descender por el cuello hasta atravesar la clavícula como un grito silencioso. Su eco se expandía de forma gradual por el cuerpo y alcanzaba su brazo, sin dimensionar todo lo que arrastraría.
“No, jamás, no lo pensé. Como los doctores también nos decían: es una infección, es una reacción alérgica, pues aligeras los síntomas”
Tras la valoración de una cardióloga –quien fue la precursora en advertir la gravedad de los signos clínicos– fue referida al IMSS Hospital General de Zona 50. En el lugar, los médicos compartieron la preocupación.
“El médico internista me dijo: te vas a quedar, muchacha. Y yo le pregunté: ¿por qué? Y me dijo que esto no era normal”
No es para menos, una trombosis –es decir, un coágulo que bloquea el flujo sanguíneo– avanzaba por su brazo y poco a poco limitaba su movimiento.
Daniela fue intervenida dos días después de ingresar a la clínica, pero ese procedimiento apenas marcaba el inicio de un proceso más largo.
“Las trombosis suelen ser algo más común de lo que parecen en el caso de las tumoraciones […] al momento de que comienzan a crecer, empiezan a obstruir y a lastimar otras partes del cuerpo…”
La cirugía fue un éxito, pero la alegría no duró mucho. Unas tomografías trajeron consigo el desolador diagnóstico: un huésped se instaba en su pecho y se extendía con sigilo a cada latido.
Sin embargo, en ese instante, el vómito, la tos y la hinchazón recobraron sentido.
“Me dijeron: tienes una masa de 17 centímetros en el mediastino […] que es esa parte que tenemos en el tórax. […] en medio de todos los órganos“
Una vez detectado el mal que habitaba en ella, el tratamiento se proyectaba como la siguiente página que debía escribirse.
El entramado de fármacos y sesiones de quimioterapias orientaban un complejo camino de recuperación hospitalaria, donde procedimientos invasivos, y múltiples reinternamientos, propiciaban estragos en su salud física y mental.
“Pensábamos que el tratamiento iba a ser como ambulatorio […] Te vas un día, te ponen tu medicamento, […] hay alguien que acompaña y después te vas a tu casa. Pero no […] fue más intenso, más fuerte. […] cinco días seguidos las 24 horas, yo conectada”
Aunque los pronósticos médicos indicaban la administración de seis quimioterapias, Daniela decidió interrumpirlas, tras concluir el cuarto procedimiento. En especial, porque fue a partir de la tercera que las mejorías aparecieron.
Subraya que su recuperación se vio favorecida por la combinación de medicina alopática y homeopática. Un enfoque fundamental para restablecer su bienestar.
Entre las paredes y pasillos del hospital, el personal médico –sobre todo el de enfermería– la arropó a lo largo de esta travesía por medio de lazos, miradas cómplices y palabras de aliento. Que crearon un espacio de empatía y calidez.
“Nunca te decían que tenías cáncer […] Siempre era linfoma, tumoración u otra cosa, pero cáncer jamás. Y eso era algo quizá positivo, porque de alguna forma no te asustabas, no te sentías enferma […] porque nadie lo mencionaba”
La fe y el apoyo pueden transformarse en refugio
Asegura que su familia fue el pilar que la sostuvo cuando el cuerpo se desmoronaba y el ánimo comenzaba a quebrarse.
El apoyo cercano –de pareja y amistades– aportó alivio al proceso, pero fueros sus padres quienes la sostuvieron desde el primer día, entre desvelos interminables y silencios cargados de espera. Incluso cuando el miedo y la incertidumbre se instalaban.
“El acompañamiento es parte clave para una buena y pronta recuperación, un sostén emocional muy valioso, claro que en mi caso fueron mis papás”
Ese acompañamiento fue indispensable frente a la nueva corporalidad que comenzó a habitar, una piel desconocida, moldeada por tratamientos y atravesada por la incomodidad.
Cada encuentro con el espejo era un duelo contenido, ante un cuerpo que ya no respondía a la memoria. El tiempo inició un reencuentro consigo misma, donde la ausencia de lo cotidiano –el cabello, las cejas, las pestañas– enseñó a valorar las presencias que antes daba por sentadas. Para poco a poco abrazar esa nueva versión, donde el cambio también es una forma de sanar.
Para Daniela, ahora con 25 años, y a casi un año de su diagnóstico, este proceso se convirtió en una pausa que la obligó a mirarse y escucharse de nuevo con atención.
Aprendió que cuidar al cuerpo es un acto de respeto, que la prevención hace la diferencia y que las emociones dejan huella. Que, en medio de la zozobra, la fe puede transformarse en refugio.
Y pese a que el camino ha sido arduo, no es limitante ni imposible, porque atravesarlo no consiste en volver a lo que se quedó atrás, sino en avanzar con una conciencia más clara y profunda de la vida.














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