Más allá del 2 de febrero: la soledad en la vejez
- La Rata

- hace 1 día
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Por: Mariana Castillo, Adriana González, Paulina Chessal
El 2 de febrero se celebra el Día de la Candelaria en alusión a la presentación de Jesús al templo y a la purificación de la Virgen María, cuarenta días después del nacimiento. Es el rito de consagrar al primogénito ante Dios encendiendo una vela: esa luz que sostiene mientras el tiempo avanza. La candela simboliza el inicio y el nacimiento que se presenta ante el mundo; pero no toda luz alumbra lo nuevo; algunas apenas alcanzan para ver lo que queda.
Un día eres joven y al otro te despiertas cansado o adolorido. La rutina, la estructura y las cosas que antes parecían importantes se reducen a algo tan básico como preguntarte si ese día podrás levantarte de la cama. Tu tiempo ha pasado, todo es nuevo y diferente para ti; el mundo avanza tan rápido que tu cuerpo ya no puede seguirle el paso.
En México, miles de personas mayores viven este proceso en soledad: se calcula que una parte importante de los adultos mayores enfrenta abandono o negligencia, no siempre porque no tengan familia, sino porque cayeron en el olvido. Pareciera que han regresado a ser bebés, pero no lo son: tienen memoria, historia y orgullo. Les duele el silencio, sentirse una carga, el olvido, la incertidumbre, la oscuridad que se genera cuando ven cómo, poco a poco, se va borrando todo lo que alguna vez fueron.
Fechas contadas en el calendario —como el 2 de febrero— abren un espacio para la presencia. El Día de la Candelaria, con su carga de memorias y ritos, invita a estas vidas llenas de experiencia a salir de casa, sentarse de nuevo en una mesa compartida, a encender otra vez la conversación. No es casual: esta celebración nace del cruce entre la visión cristiana y la visión mesoamericana, de la purificación, el nacimiento y la renovación.
Desde la presentación de un niño en el templo hasta la bendición de las semillas que serán sembradas. La Candelaria siempre ha hablado de comienzos. Quizá por eso, en muchos espacios comunitarios se organizan convivios para personas mayores, como si el ritual insistiera en recordar que la vida no se clausura con la edad, solo se transforma.
Compartir tamales —alimento antiguo, hecho de maíz, grano sagrado— es también compartir tiempo, historia y pertenencia para quienes han sido invisibilizados por el ruido del mundo, estas reuniones no son un simple festejo: son una forma de volver a ser vistos, de mantener la mente activa, de romper la rutina del encierro, de escuchar y ser escuchados, en un tiempo donde la vejez ha sido confinada al silencio.
Las reuniones para las personas mayores, aunque necesarias, revelan una realidad incómoda: ¿necesitamos de una fecha marcada para recordar a quienes existen todos los días? Celebramos el nacimiento, la purificación, la renovación de la vida, pero olvidamos acompañar el desgaste que viene después.
Estos momentos son especiales, pero no suficientes; un par de horas no van a mantener la mente activa, unas cuantas actividades no compensan el abandono, una pizca de convivencia no borra años de invisibilidad. El problema no es la falta de celebraciones, sino la falta de permanencia.
Ahí comienza la verdadera responsabilidad: quedarse. Permanecer cuando el cuerpo ya no es ágil, cuando la conversación se repite, cuando el tiempo se vuelve lento. Ayudar es escuchar sin prisa, mirar sin condescendencia, reconocer que la dependencia no borra la dignidad. Hay que abrir espacios donde los viejos no sean invitados ocasionales, sino parte viva de la comunidad; permitirles decidir, narrar, recordar, seguir siendo sujetos y no cargas.
Porque, al final, el 2 de febrero pasa, la candela se apaga, la mesa se recoge y muchos regresan a sus casas donde el silencio sigue intacto.
El día cuarenta y uno
El 2 de febrero se celebra el Día de la Candelaria en alusión a la presentación de Jesús al templo y a la purificación de la Virgen María, cuarenta días después del nacimiento. Es el rito de consagrar al primogénito ante Dios encendiendo una vela: esa luz que sostiene mientras el tiempo avanza. La candela simboliza el inicio y el nacimiento que se presenta ante el mundo; pero no toda luz alumbra lo nuevo; algunas apenas alcanzan para ver lo que queda.
Un día eres joven y al otro te despiertas cansado o adolorido. La rutina, la estructura y las cosas que antes parecían importantes se reducen a algo tan básico como preguntarte si ese día podrás levantarte de la cama. Tu tiempo ha pasado, todo es nuevo y diferente para ti; el mundo avanza tan rápido que tu cuerpo ya no puede seguirle el paso.
En México, miles de personas mayores viven este proceso en soledad: se calcula que una parte importante de los adultos mayores enfrenta abandono o negligencia, no siempre porque no tengan familia, sino porque cayeron en el olvido. Pareciera que han regresado a ser bebés, pero no lo son: tienen memoria, historia y orgullo. Les duele el silencio, sentirse una carga, el olvido, la incertidumbre, la oscuridad que se genera cuando ven cómo, poco a poco, se va borrando todo lo que alguna vez fueron.
Fechas contadas en el calendario —como el 2 de febrero— abren un espacio para la presencia. El Día de la Candelaria, con su carga de memorias y ritos, invita a estas vidas llenas de experiencia a salir de casa, sentarse de nuevo en una mesa compartida, a encender otra vez la conversación. No es casual: esta celebración nace del cruce entre la visión cristiana y la visión mesoamericana, de la purificación, el nacimiento y la renovación. Desde la presentación de un niño en el templo hasta la bendición de las semillas que serán sembradas. La Candelaria siempre ha hablado de comienzos. Quizá por eso, en muchos espacios comunitarios se organizan convivios para personas mayores, como si el ritual insistiera en recordar que la vida no se clausura con la edad, solo se transforma. Compartir tamales —alimento antiguo, hecho de maíz, grano sagrado— es también compartir tiempo, historia y pertenencia para quienes han sido invisibilizados por el ruido del mundo, estas reuniones no son un simple festejo: son una forma de volver a ser vistos, de mantener la mente activa, de romper la rutina del encierro, de escuchar y ser escuchados, en un tiempo donde la vejez ha sido confinada al silencio.
Las reuniones para las personas mayores, aunque necesarias, revelan una realidad incómoda: ¿de verdad necesitamos de una fecha marcada para recordar a quienes existen todos los días? Celebramos el nacimiento, la purificación, la renovación de la vida, pero olvidamos acompañar el desgaste que viene después. Estos momentos son especiales, pero no suficientes; un par de horas no van a mantener la mente activa, unas cuantas actividades no compensan el abandono, una pizca de convivencia no borra años de invisibilidad. El problema no es la falta de celebraciones, sino la falta de permanencia.
Ahí comienza la verdadera responsabilidad: quedarse. Permanecer cuando el cuerpo ya no es ágil, cuando la conversación se repite, cuando el tiempo se vuelve lento. Ayudar es escuchar sin prisa, mirar sin condescendencia, reconocer que la dependencia no borra la dignidad. Hay que abrir espacios donde los viejos no sean invitados ocasionales, sino parte viva de la comunidad; permitirles decidir, narrar, recordar, seguir siendo sujetos y no cargas.
Porque, al final, el 2 de febrero pasa, la candela se apaga, la mesa se recoge y muchos regresan a sus casas donde el silencio sigue intacto.








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