• La Rata

El silencio de una enfermedad mental.

Actualizado: ene 20



Por: Mónica González.


Es difícil saber el momento exacto en el que tu cerebro colapsa. Las únicas pistas que tienes son que tus pies ya no se mueven al ritmo de Escuela de calor de Radio Futura, sino al compás de tu ansiedad, que el placer de una siesta se ve interrumpido por un corazón acelerado sin motivo, que de pronto, (re)surge esa necesidad acallada de autodestrucción, que contar ovejas ya no es remedio para el insomnio ocasional porque el miedo a dormir ha invadido cada uno de tus rincones y que lo mejor que puedes hacer es quedarte acostada a la espera de un amanecer que no desvanecerá el horror de la penumbra interna. Cada vez te convence menos creer que esta situación es pasajera.


Tu mente está en silencio. La fuerza de voluntad, de la que te han dicho hasta el cansancio que debería ser suficiente para lidiar con tus altibajos emocionales, solo alcanza para levantarte e iniciar el ritual de la higiene personal. Te sientas en la cama y dejas que el reloj avance hasta que irremediablemente se te hace tarde. Maquillas tu tristeza; corriges los círculos negros que delatan los desvelos, no sin antes poner una crema engañosa que desinflame la hinchazón ocasionada por las lágrimas y, a falta de una sonrisa auténtica, pintas tus labios con algún color llamativo. No estás contenta, pero al menos la gente con la que convives día a día te verá arreglada. El segundo mayor esfuerzo de tu voluntad es fingir.


No quieres lidiar con las preguntas ni que los otros se incomoden ante tu presencia. Sonríes cuando la ocasión lo amerita. Contestas un Bien a los ¿Cómo estás? porque así lo dicta el convencionalismo, aunque quedes asqueada ante esos gestos que reflejan tus “buenos modales” (y dicho sea de paso, ante la incapacidad del otro para lidiar con las emociones negativas), continúas practicándolos hasta perfeccionarlos. Que nadie note que estás rota, invadida por una desesperación perpetua que sólo genera más preguntas que no podrás responder.


*Reportaje de una serie de preguntas sin respuesta*


Subes a una silla y llegas a la caja de medicamentos. (Hoy sabes que la ñoña que habita en ti siempre tuvo predilección por las drogas legales). Tomas varias cajas, sacas el blíster que contiene las pastillas y agarras una o dos, las que creas que no harán sospechar a tus padres. Repites el procedimiento con otras cajas. Te sirves agua e ingieres cada pastilla, una por una, sin llegar a un consumo excesivo -no más de 10-, pues no quieres que descubran el único hábito que te hace sentir.


Desconoces la mezcla que entra en tu cuerpo, pero te sientes invencible y, hay que admitirlo, un poco frustrada. Los retortijones en el estómago te recuerdan que estás viva; las tripas te restriegan tu fracaso.


2003


4...3… duermes. Te piden que cuentes en orden descendente, pero lo único que desciende en el quirófano es la temperatura de tu cuerpo. Tus papás lloraron porque recibieron una amenaza de muerte. Por eso estás en la plancha, con la cabeza abierta y el sonido del monitor registrando tus signos vitales. Quieres que te arranquen la cabeza para no sentir más dolor. Quieres quedarte dormida. Quieres morir, pero no quieres que tus papás lloren. Mueres y nadie te da la noticia. Despiertas.


2007


¿Por qué ya no estás aquí? La clásica pregunta que surge cuando la gente muere. Tu abuela se ha ido. No volverá a prepararte el flan de chocolate de cada cumpleaños ni te abrazará en Navidad cuando te dé la bufanda que tejió y que jamás te pondrás. Marcarás ese día en el calendario como el evento que dio inicio a una serie de hábitos autodestructivos que tampoco terminaron contigo.


2012


“Dx. Sobredosis medicamentosa”. Te parece un concepto vacío pero sabes que tiene sentido. Nadie dudaría de lo que sucedió al leer tal diagnóstico.Te avergüenza entregarlo en la Coordinación, pero reconoces que lo único importante es justificar tus faltas escolares -un juego de palabras que sabes que no se refiere al ámbito escolar-. Aún te duelen las muñecas y te arden los tobillos por las correas con las que te amarraron. Ocultas tu piel de la vista de todos, como si algunos curiosos no se hubieran percatado de los cortes en tus brazos: ¿qué más da que vean una pulsera de tu piel quemada e irritada por la fricción de las correas?.


Te preguntas si Él se quedará contigo después de todo lo que vio. Sabes la respuesta pero decides creer; piensas estúpidamente que Él es tu soporte. Luego descubres que sería el primero en arrojarte del precipicio.


2015


Regresar a la casa de tus abuelos jamás había sido tan triste. Después del funeral del abuelo, te has propuesto evitar el lugar. Tus raíces ahí ya fueron arrancadas y de pronto sientes que ya no hay nada que te una a ese suelo. Estás sentada en una cama ajena. A tu lado hay un hombre llorando porque no puede ofrecerte lo que quieres. Es un chantaje para que se sigan frecuentando y cojan. Tú no lo quieres. Tampoco quieres coger con él. Sólo no querías sentirte sola y triste. Piensas en tu abuelo y en lo mucho que lo vas a extrañar, pero sientes un alivio inmenso al saber que está con tu abuela. Por fin. Pero al hombre de la cama no lo vuelves a ver.


2018


¿Cuál es el diagnóstico, doctor?


Has estado sobria por los motivos incorrectos.


Te vendieron la fuerza de voluntad como el sedante -nada milagroso- de tus demonios. Lo creíste. La fuerza de voluntad es otra píldora que uno se traga y que te repite a diario frases como: “levántate”, “trabaja”, “logra lo que te propongas”, “todo depende de ti”. A veces crees que eso es suficiente.


En los días en que la fuerza de voluntad sólo te alcanza para levantarte, eres incapaz de experimentar tus estados de ánimo sin cuestionarlos, la tristeza y el enojo se intensifican; desearías que el desamor no fuera tan recalcitrante y que tus continuas decepciones apenas te afectaran. Sientes de más pese al esfuerzo que inviertes en mostrar lo contrario.


Te levantas por inercia. Aún no comprendes qué clase de fuerza sobrenatural logra que despiertes. Lo primero que piensas, luego de ver la cara de tus padres juzgando otro cambio en tu estado de ánimo, es en lo importante que es estar viva y activa, centrada en el exterior mientras eres protagonista de una descomposición que está terminando contigo. Pero “hay que echarle ganas”, ¿no? La solución mágica y la menos eficaz para alguien a quien se le ha agotado la voluntad. Es prácticamente imposible explicar al otro lo incapacitada que te sientes. Carente de motivación. Agotada por el esfuerzo que implica el silencio. Y cada vez te sale peor. Cada vez funcionas menos. Reconoces que ya no puedes ocultarlo. Y todo brota como las lágrimas que te empeñas en reprimir, pero que dejan húmeda la almohada y se quedan ahí como testigo cuando te levantas.


¿Qué hacer cuando la voluntad está dormida y cada intento por despertarla te noquea? ¿La cedes a una pastilla? ¿Permites que el monstruo llene tus entrañas y se adueñe de lo que queda de ti? Si pudieras asirte a algo...Pero lo único que hay es vacío. La Nada ha invadido todos tus rincones, se ha instalado y tu mayor temor es que su instalación sea permanente. Por ello inviertes la última dosis de voluntad en pedir ayuda, antes de que la Nada continúe alimentándose de ti, antes de que te sientas cómoda rasgándote la piel como tributo al vacío, antes de que otra intoxicación de medicamentos tenga que justificar la ausencia de tu vida, antes de que las ganas de vivir te abandonen. Definitivamente.


La siguiente afrenta con la que debes lidiar es con la ignorancia y el prejuicio, incluidos los tuyos. Comprendes que un listado de síntomas y ponerle un nombre y a apellido a un diagnóstico no te harán sentir mejor. En muchas ocasiones, creerás que tu identidad ha sido suplantada por la de la depresión o la distimia, te sentirás “condenada”, traicionada por ti, molesta con el cuento de la voluntad, en el vaivén de los efectos secundarios, buscando los porqués, con la sensación de que tu cerebro no puede más, abrumada por una enfermedad que se alimenta de tus silencios.


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