Cooptación institucional: cuando el poder se disfraza de apoyo
- La Rata
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Por: Adri Barrios
Cuando una despensa llega acompañada de una sonrisa institucional, ¿es solidaridad o cooptación? En el discurso público se habla de respaldo, acompañamiento y cercanía con los movimientos sociales. Pero no todo apoyo es cooperación. Muchas veces, lo que parece solidaridad institucional es, en realidad, una estrategia de cooptación.
La cooptación no siempre es abierta ni agresiva. Es más sutil. Opera mediante favores, apoyos selectivos, gestiones personalizadas, entrega de recursos, acceso a programas o invitaciones a eventos oficiales. Se construye a través de la cercanía. En contextos como San Luis Potosí, esta práctica se ha vuelto parte del paisaje político.
Es especialmente delicado cuando esta lógica alcanza a quienes históricamente han sido más excluidxs: personas trans, personas adultas mayores en situación de precariedad, juventudes sin redes de protección. Cuando la supervivencia depende de apoyos inmediatos, la capacidad de disentir se reduce. La necesidad se convierte en terreno fértil para la instrumentalización.
La fórmula es conocida: se identifican liderazgos comunitarios y se les ofrece interlocución directa, recursos o visibilidad. A cambio, se espera moderación, silencio estratégico o respaldo público, aunque muchas veces esto no se diga explícitamente. No siempre se exige lealtad abierta; basta con disminuir la crítica.
Pero la cooptación no es solo un fenómeno institucional. También interpela a los propios movimientos. Algunas personas, movidas por intereses personales, ambiciones políticas o búsqueda de posicionamiento, encuentran en esa cercanía una oportunidad para capitalizar su liderazgo.
El acceso al poder se vuelve capital simbólico. La intermediación se convierte en moneda de cambio, y la representación colectiva puede diluirse en agendas individuales. En estos casos, quienes podrían ser voces críticas se prestan al juego del poder, no por convicción, sino por beneficio personal, reforzando la dinámica de dependencia y debilitando la fuerza colectiva.
No se trata de demonizar el diálogo con las instituciones. Los movimientos sociales no están obligados a aislarse del Estado. El problema surge cuando la autonomía se negocia en silencio, cuando no hay mecanismos claros de rendición de cuentas y cuando las agendas comunitarias se ajustan más a los tiempos políticos que a las urgencias reales.
La cooptación fragmenta, divide y debilita. Genera competencia interna por recursos escasos, normaliza la dependencia y desplaza el centro de la lucha, de la exigencia estructural de derechos hacia la gestión asistencial y personalizada.
La pregunta de fondo no es si se puede dialogar con el poder. La pregunta es: ¿en qué condiciones? ¿Con qué límites? ¿Quién decide en nombre de quién? Cada organización debe preguntarse: ¿estamos cediendo autonomía sin notarlo?
Cuando el apoyo tiene condiciones invisibles, ya no es apoyo, es cooptación. Reconocerlo no es solo un acto de claridad: es un paso necesario para recuperar la autonomía, fortalecer la voz colectiva y mantener la lucha donde realmente importa: por derechos, justicia y dignidad, no por favores temporales.




