El "Activistómetro" y la competencia por “ser más”
- La Rata

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Por: Adri Barrios
En los espacios de defensa de derechos también existen dinámicas de poder. No siempre provienen del Estado ni de actores externos. A veces se reproducen dentro de los propios movimientos. Una de ellas es el llamado “Activistómetro”: la tendencia a medir el compromiso en términos comparativos, a enumerar trayectorias personales como argumento de autoridad y a colocar la experiencia acumulada como criterio de legitimidad.
Reconocer el trabajo realizado es importante. La memoria política es necesaria. Sin embargo, ¿Qué ocurre cuando la trayectoria deja de ser aporte y se convierte en mecanismo de validación? ¿Qué pasa cuando el “yo he hecho” sustituye al “hemos construido”? En ese tránsito, el centro se desplaza: la causa deja de ser el eje y la comparación comienza a ocupar su lugar.
No es extraño escuchar en reuniones la enumeración de trayectorias como antesala de cualquier desacuerdo. “Cuando llevas tantos años en esto entiendes”, se convierte en una frase que clausura más de lo que dialoga. La experiencia se invoca no para orientar, sino para cerrar. Así, la legitimidad deja de construirse colectivamente y empieza a administrarse.
El Activistómetro no siempre opera de forma explícita. A veces se manifiesta en la constante necesidad de remarcar quién estuvo primero, quién ha encabezado más acciones o quién lleva más años en el espacio. Otras veces aparece en la descalificación indirecta de proyectos que no nacieron en determinados círculos. ¿Se trata de debates estratégicos legítimos o de formas sutiles de control simbólico?
Cuando el reconocimiento se distribuye a partir de la antigüedad o la visibilidad, se consolidan jerarquías internas. No porque la experiencia no tenga valor, sino porque se vuelve incuestionable. ¿Puede una trayectoria convertirse en argumento absoluto? ¿Puede la historia acumulada justificar la invalidación de nuevas propuestas?
Aquí aparece un elemento central: el adultocentrismo. En muchos espacios, la juventud es leída como falta de preparación, mientras que la edad se asume como sinónimo automático de autoridad. Se cuestionan las formas emergentes de organización, se minimizan estrategias distintas y se protege el control de ciertos espacios de representación. ¿Es posible hablar de igualdad generacional hacia afuera, si hacia adentro se restringe la legitimidad por edad o por tiempo de permanencia?
Estas prácticas no son menores. Producen efectos concretos: inhiben participación, generan desgaste emocional, desalientan iniciativas nuevas y fragmentan procesos colectivos. Cuando una persona siente que cualquier acción será comparada o minimizada, la participación deja de ser un espacio de construcción y se convierte en territorio de evaluación constante.
Además, esta fragmentación no es políticamente neutra. Las dinámicas internas no se producen en el vacío: dialogan con una cultura política más amplia que distribuye legitimidad de forma jerárquica y convierte el reconocimiento en un recurso escaso. Cuando los movimientos internalizan esa lógica, la crítica estructural pierde fuerza y la energía colectiva se reorienta hacia disputas internas. En ese proceso, las estructuras que se busca transformar encuentran menos resistencia articulada.
Nombrar el Activistómetro como una forma de violencia simbólica no es exageración. Lo es porque deslegitima, silencia y jerarquiza. No siempre de manera abierta, pero sí con efectos reales. Y cualquier práctica que reduzca voces y limite participación contradice los principios que los propios movimientos enuncian.
Esto no implica negar la experiencia ni desconocer trayectorias. Implica reconocer que la autoridad no puede convertirse en monopolio y que la memoria no debe utilizarse como frontera. Las causas sociales requieren diversidad de estrategias, de ritmos y de generaciones. La pluralidad no debilita; fortalece.
La pregunta de fondo no es quién ha hecho más, ni quién lleva más tiempo. La pregunta es si nuestras prácticas están ampliando el espacio democrático o reduciéndolo. Si están fortaleciendo la causa o desplazándola hacia la competencia por reconocimiento.
El activismo no es una carrera ni un sistema de puntuación moral. Es una construcción colectiva que exige coherencia también hacia adentro. Cuando la trayectoria se convierte en capital acumulable y la legitimidad se administra como propiedad, dejamos de disputar estructuras y empezamos a administrarlas. Y eso no es transformación; es reproducción.








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