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Santuario de la Mariposa Monarca: un patrimonio que también se defiende con la vida

  • Foto del escritor: La Rata
    La Rata
  • hace 3 horas
  • 2 min de lectura

Por: Adriana González.


En el corazón de Michoacán, el invierno no trae el silencio del frío, sino el susurro de millones de alas anaranjadas. Cada año, la mariposa monarca completa una de las odiseas más asombrosas del reino animal, viajando miles de kilómetros desde Canadá y Estados Unidos para encontrar refugio en los bosques de oyamel mexicanos. En 2008, la UNESCO reconoció la excepcional valía universal de este fenómeno al declarar al Santuario de la Mariposa Monarca como Patrimonio de la Humanidad.


Sin embargo, este logro no fue un accidente de la geografía, sino el resultado de una trinchera humana. Detrás del decreto internacional y de la belleza mística del bosque, late la memoria de hombres y mujeres que entregaron su vida para que el ciclo de la mariposa no se extinguiera. Conmemorar este patrimonio es, de forma obligada, conmemorar a sus guardianes.


Cuando la UNESCO inscribió formalmente el santuario en su lista de patrimonio planetario, no solo premiaba un espectáculo visual sin parangón; reconocía un ecosistema crucial para el equilibrio hídrico y la biodiversidad del centro de México. El estatus de Patrimonio de la Humanidad buscaba blindar una zona acosada por la tala clandestina, el cambio de uso de suelo para la agricultura comercial y la presión del crimen organizado.


Pero las leyes en el papel son tan frágiles como las alas de una mariposa si no hay manos en la tierra que las defiendan. En Michoacán, la conservación ambiental se convirtió, paulatinamente, en un oficio de alto riesgo.


Es imposible hablar de la reserva de la biosfera sin que los nombres de Homero Gómez González y Raúl Hernández Romero resuenen entre los árboles. En los primeros meses de 2020, la comunidad conservacionista internacional quedó conmocionada por el asesinato de ambos defensores.


"Homero no solo gestionaba un santuario; le dio voz al bosque. Entendió que la única forma de salvar a la monarca era involucrando a los ejidatarios, transformando la madera talada en turismo sustentable".

A casi dos décadas de la declaratoria de la UNESCO, el panorama del Santuario de la Mariposa Monarca nos obliga a una profunda reflexión. El patrimonio de una nación no está compuesto únicamente por sus paisajes o sus monumentos declarados en asambleas internacionales; el verdadero patrimonio es la herencia de resistencia de sus comunidades.


La mariposa monarca es un símbolo de transformación y resiliencia. Cruza fronteras sin pasaporte, uniendo la geografía de tres países en un recordatorio de que la naturaleza no entiende de divisiones políticas.


Al conmemorar aquel hito de 2008, la sociedad civil y el Estado tienen una deuda pendiente. El mejor homenaje para el Santuario de Michoacán no son los discursos oficiales, sino la justicia para sus activistas caídos y el apoyo irrestricto a quienes hoy siguen cuidando el bosque en el anonimato. Que el vuelo anaranjado de cada invierno siga siendo un canto a la vida y no el eco de un santuario que se apaga.

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