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Entre cempasúchil y recuerdos: un altar para quienes siguen viviendo en nosotros

hace 3 horas
3 min de lectura


Por: Joce Benites


Comienza mi nariz a percibir el olor a cempasúchil, pan de muerto y frutas de temporada como la naranja y la mandarina.


A pesar de que el clima comienza a refrescar, el ambiente es colorido y aunque me invade una sensación de nostalgia al ver la fotografía de mis allegados, recuerdo que ya no están entre nosotros.


De pronto, la sensación cambia y veo en el calendario que el mes de octubre transcurre y pronto llegara noviembre, fecha inmemorable en mi interior familiar.


Cada año veo a mi mamá hacer los preparativos y reunir los ingredientes para montar el tradicional altar de muertos, el ambiente ya se siente festivo y aunque la muerte se llora en su momento, en el mes de noviembre se celebra y se rinde culto a su memoria; el altar es solo un ritual de tantos que rinden remembranza a los que ya no están en vida.


En el municipio potosino de Charcas, donde ahora habito, se montan altares monumentales con flor de cempasúchil, pan de muerto y tapetes de aserrín en colores. Todo ello es una belleza a la vista, resalta el ingenio, costumbres, creencias arraigadas de sus habitantes.


En los hogares y en el mío no es la excepción se colocan altares monumentales a los familiares que ya no están entre nosotros. En mi hogar el altar es dedicado a mi papá. Él fue y sigue siendo el amor de vida de mi mamá.


El altar se compone de 7 niveles o escalones que representan el cielo, la tierra y el inframundo, simbolizan los peldaños necesarios para que las almas puedan descansar en paz. Dante Alighieri, explica en su obra “la divina comedia” que se trata de la purificación de los siete pecados capitales, aunque cada cultura le dará un significado diferente.


En Charcas son comunes de siete niveles, aunque los más tradicionales son los de dos; en mi hogar se ensamblan los siete niveles, en el primero va mi padre con sus progenitores a los lados y de ahí se desprende el resto de familiares, comenzando por mis abuelos maternos y familiares muy allegados como la tía Olivia, mi hermanito mayor, que no conocí y mi sobrinita.


La ofrenda que se coloca es cocinada muy al estilo de mis abuelas y la tía Olivia, quienes heredaron el sazón a mujeres y hombres de la familia.


El mole y los tamales no pueden faltar, pues eran los platillos preferidos de todos los convidados, iniciando por el protagonista del altar a quien además le gustaba la calabaza y camote en almíbar de piloncillo; a la tía no le deben faltarle sus sopes y su refresco de cola que tanto le fascinaban.


Los vasos con agua listos, porque llegan sedientos desde el más allá.

La sal es muy importante al permitir la purificación de las almas.


El arco de flores de cempasúchil, no se puede omitir, es la entrada que guía a las almas hasta la ofrenda.


Todos los miembros de mi familia estamos listos para recibir a nuestras difuntas y difuntos, y para ello, se va barriendo y desempolvando la casa desde días antes, para recibir a nuestros invitados de honor el 31 de Octubre y 1 de Noviembre.


Quizá es la comida lo que más atrae, pero sin duda, son las tradiciones lo que une a las familias y las que permiten recordar a nuestros familiares, antes que ser olvidados.


Permiten además disfrutar y valorar la vida ahora y no hasta que se tenga ausencia de ella. Tal como lo decía mi padre: ”hay que comer, ahora que se puede”.


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