Lafe sin límites de fronteras
Actualizado: hace 5 minutos

Por: Joce Benites
La fe, la alegría y el orgullo de ser parte de un pueblo minero, que además es encabezado por una imagen religiosa desde hace 452 años, es lo que mueve a cientos de personas a visitar el municipio de Charcas, S.L.P., sin importar tener que viajar a cientos e incluso miles de kilómetros para poder mirar y tocar la estatua de la Virgen del Rosario.
Es así como se prepara un peregrino para regresar de visita a su pueblo natal, aunque las fiestas patronales han conquistado el corazón de las nuevas generaciones, como descendientes y amigos de los nacidos en esta tierra.
No se trata solo de impregnar el espíritu de religión, sino que va más allá. Los peregrinos también pueden deleitarse con la cultura, música y danza que engloba una fiesta patronal como lo es la de la Virgen del Rosario.
Las fiestas patronales son todo un catálogo de opciones para gozar, ver, explorar, imaginar y saborear con el paladar.
Un pueblo desértico en su suelo, no lo es en el corazón de sus habitantes y de quien fue engendrado por esa tierra, porque aparta en su agenda cada 8 de septiembre de año tras año para alabar a la santísima virgen charqueña, la Virgen del Rosario.
La banda de guerra y los danzantes son los que encabezan las peregrinaciones que, desde el 27 de agosto y hasta el 8 de septiembre, se realizan por peregrinos de los distintos barrios y de quienes residen en otras ciudades del país y el extranjero.
Ellos ofrendan cera, adornos florales y despensas, caminan con el rostro erguido y el corazón desbordado de fe, seguidos por la banda de música con instrumentos como tamboras, cornetas, clarines, platillos, entre otros, que, con su estruendo, anuncian el caminar de la Virgen María.
Los músicos tocan con alegría y talento que impregnan de los mismos sentimientos a quien los observa y mueve su cuerpo con esa misma alegría que tienen las aves cuando cantan.
Los danzantes, por su lado, hacen retumbar el suelo y levantan el polvo al ritmo con el que bailan; parece como si descargaran una alegría divina a través de sus pies y todo su cuerpo, porque las barbas y plumas de colores en su vestuario también anuncian la belleza de las fiestas patronales.
Los festejos a la patrona del pueblo están plagados no solo de personas adultas, pues los niños son quienes más brillan y combinan con la diversión que oferta la celebración. La creencia hacia una madre espiritual protectora se siente a flor de piel, al ver un sinnúmero de personas que acuden a visitar la imagen, sea en la condición física que sea, porque se ven rodar las ruedas de las sillas cargando a quienes no pueden andar con los pies, pero sí con su corazón.
La enfermedad, las ocupaciones laborales, hogareñas y hasta la carencia monetaria no son impedimento para acudir a visitar a la Virgen, porque la protección matriarcal no se cambia por nada.
La inquieta y enérgica juventud acude también a visitar la imagen religiosa, atraída por el estruendo, música y baile que genera la fiesta, mientras que sus deseos de descargar sus energías quedan satisfechos con las actividades que ahí se realizan, porque se tuvo la visita de grupos musicales y artistas que, como viento, reunieron a pueblerinos y visitantes a sus instalaciones feriales.
Otros fueron partícipes de eventos como callejoneada y carrera atlética, todo ello en un terruño que, aunque chico, se transforma en popular y llamativo para los cercanos y no tan cercanos.
Y mientras los que no pudieron atravesar la distancia fronteriza, lo hicieron a través del corazón y pudieron festejar y agradecer los favores recibidos por la Virgen del Rosario, enviando una moneda, una vela, pero sobre todo una plegaria.
No es casual ver las calles adornadas en sus fachadas con hilos que cuelgan adornos y papeles en colores realizados de manera artesanal, pues son los mismos que anuncian el festejo religioso, así como el paso de la imagen mística por el lugar.
La calidez y sencillez de los habitantes fomentan la calidez y las tradiciones populares del pueblo, el mismo que ha evolucionado en diámetros y tecnologías, pero sin perder esencia y tradición.
Es la fe la que mueve al sentir humano y, a pesar de la lluvia, hasta los animales, como los perros y los caballos, formaron parte de las fiestas.

El día tan anhelado y festivo, el 8 de septiembre, la fe se avivó desde las 5:00 horas de la mañana, porque los devotos felicitaron a la imagen maternal con cantos y música. Fue en ese momento donde arrancó la solemnidad de ese festejo, y había desde niños hasta personas adultas mayores.
El resto del día fueron en su mayoría las entradas de cera y celebraciones eucarísticas, y desde luego el tradicional recorrido de la imagen religiosa por las principales calles del pueblo; ello indicaba que la imagen materna y espiritual está en cercanía con quien la venera.
La tradicional calle Hidalgo, que conduce al “Mercado Centenario”, exhibe y expide sazones que despiertan el apetito de todos los transeúntes, pues ahí encontrarán y saborearán desde frutas y verduras del campo hasta una gordita de queso y un caldo de panza de res.
La fiesta culmina y mantiene el ímpetu entre sus asistentes y, con luces de colores que se lanzan a través de los juegos pirotécnicos, se cierra y hace brillar el festejo.
Es así como Charcas y el país aún conservan las tradiciones y costumbres del pueblo mestizo.
Además de la fiesta, el baile y la música, lo espiritual se vivió y sintió a plenitud, pues se veía a familias completas con rostros llenos de gozo y una alegría reflejada en sus cuerpos y pies. ¿Será la fe, o será el simple gusto de explorar pequeños territorios lo que incita a la gente a visitar este municipio? Pueden ser ambas cosas; lo cierto es que atrajo beneficios económicos a quienes de manera artesanal elaboran productos comestibles y no comestibles.
Las fiestas patronales y la feria culminaron, pero quedan en las calles los hilos que cuelgan adornos variados en formas y colores, los mismos que anuncian el reciente paso e ímpetu de las fiestas; el pueblo y las calles ya lucen solitarias, pero sus habitantes mantienen la esperanza de volver a vivir el año siguiente el mismo ardor de las fiestas patronales.








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