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El Cuerpo Invisible, de Laura Rojas: Reseña

  • Foto del escritor: La Rata
    La Rata
  • hace 4 minutos
  • 4 Min. de lectura

Este poemario no pide compasión ni ofrece consuelo: exige mirada y reconocimiento.



Por: Esbeidi Lara


“Nadie ama a una loca con un hijo loco, nadie nos advierte de la locura, sujetamos el corazón con camisa de fuerza”.

Así inicia el poema “Internación” de Laura Rojas y, desde ese comienzo, la autora nos sumerge en la experiencia del cuerpo vulnerable, intervenido y señalado. No hay máscaras ni metáforas complacientes: la voz poética nos sitúa en el espacio de la internación, del diagnóstico y del estigma. Como señala Susan Sontag, la enfermedad “es el lado nocturno de la vida: todos nacemos con doble ciudadanía, la del reino de los sanos y la del reino de los enfermos”.


Este poemario habita de forma consciente ese segundo territorio. No solo describe síntomas, sino que explora la dimensión social, simbólica y espiritual de enfermar: la mirada ajena, la incomodidad colectiva, el silencio y la exclusión; pues quien enferma sigue caminando en la misma ciudad que los sanos, pero bajo otra luz.


El cuerpo invisible fue publicado en septiembre de 2025 por la editorial Los Libros del Perro, que está bajo la dirección editorial de Zel Cabrera. Asimismo, está dividido en dos secciones: “Cuerpo en descomposición” y “Mi hijo es un campo de azucenas”.


Desde esa estructura se anuncia el desplazamiento del deterioro corporal hacia la dimensión del cuidado y la descendencia. El volumen está atravesado por la enfermedad, la muerte, la soledad y la estigmatización social del enfermo, así como por una sensación persistente de abandono espiritual. Existe un diálogo con la tradición poética de María Castrejón y Francisco Hernández, evidente en los epígrafes y en los poemas, así como en ciertas atmósferas de desgaste urbano que recuerdan la herencia de T. S. Eliot: la ciudad corroída por las ratas, la materia que se descompone. El deterioro urbano funciona como espejo del deterioro del cuerpo: “De mí nació una ciudad que construí un día / bajo un puente, en plena tormenta / la desesperación de la lluvia / nos llegaba hasta la barbilla”.


El libro también conversa con la tradición de la escritura del dolor íntimo, cercana a la exploración que realiza María Luisa Puga en Diario del dolor, donde se nos recuerda que el “dolor se vuelve presencia total, una compañía, una especie de personaje capaz de desplazar a quien lo padece”. En estos textos, el dolor no solo pesa: agrede, invade y ocupa, y frente a él surge no solo sufrimiento, sino también rabia y odio.


A lo largo del poemario se despliegan fases de la enfermedad y de la autopercepción corporal: el descubrimiento tardío del padecimiento, el cansancio de sí, la sensación de pudrición interior, el deseo de huir del propio cuerpo. El cuerpo deja de ser casa para convertirse en carga, en objeto observado. De ahí emergen imágenes de encierro, animalización y desgaste. Sin embargo, aparecen también gestos mínimos de resistencia: la lentitud, el reposo y la cama como acto de rebeldía frente a un mundo que exige rapidez incluso cuando se está y se cuida a un enfermo.


La dimensión espiritual no ofrece consuelo fácil. Dios aparece interrogado, debilitado, a veces dependiente de la existencia humana para tener sentido. Es un Dios ausente, distante o incluso enfermo: “Dios llora en mi regazo como un niño humillado / en el rincón del castigo”. La fe no resuelve la herida: la acompaña, la cuestiona o la refleja. Esto refuerza la idea de que la experiencia de la enfermedad es también una crisis de significado. El cuerpo, no obstante, no es solo territorio de ruina: también es territorio de creación. De él nace una ciudad, una imagen, una escritura. El regreso al origen —la infancia, el nacimiento, el primer síntoma— funciona como búsqueda de explicación, pero también como impulso creativo. La pesadilla y la pesadumbre no cancelan la creación: la provocan.


El poemario incorpora además la dimensión del cuidado y su desgaste. La figura del hijo enfermo rompe cualquier romantización: cuidar aparece como agotamiento extremo, como tensión constante, como borde de la razón. Se muestra la dificultad real de sostener la vida del otro y la insuficiencia del amor social frente a cuerpos que incomodan: los cuerpos enfermos. En paralelo, emergen temas de violencia estructural: infancia vulnerable, desaparición, calle y abandono. Hay también una lectura crítica del ideal corporal contemporáneo. Frente a los cuerpos productivos, jóvenes y sanos que el capitalismo privilegia, este poemario presenta cuerpos disidentes, frágiles, medicados y cansados. Vidas que no son un árbol frondoso, sino uno deshojado. La escritura se vuelve entonces un gesto de visibilización contra la presión de fingir bienestar.


Hacia el tramo final, el libro se orienta con mayor claridad hacia la finitud. La luz que recorre los poemas parece extinguirse gradualmente. La conciencia de lo breve y de lo que caduca instala una urgencia de permanencia. De ahí surge la imagen del fantasma eterno: no como horror, sino como deseo de durar en la memoria. La eternidad posible no es biológica, sino escrita. Nombrar, en este contexto, es un acto de poder: conjura, crea y delimita. Al nombrar la enfermedad se vuelve enfrentable; al escribirla, se le da forma y tratamiento.


La escritura aparece como conversación con el dolor, con el mundo del enfermo y con uno mismo. El cuerpo se transforma en territorio que debe ser nombrado y defendido, a pesar de que la muerte es inevitable, como nos recordaba Heidegger.


También se sugiere un cierre de ciclo: el dolor puede permanecer en la carne, pero es expulsado de la página. Algo se clausura al escribirse. Este poemario no pide compasión ni ofrece consuelo: exige mirada y reconocimiento. Y al hacerlo, convierte la enfermedad —tantas veces ocultada— en testimonio visible, memoria activa y acto de rebeldía sobre la propia herida.

 

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