Regrésenla, por favor; la memoria también se baila
- La Rata
- hace 6 horas
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"Giselle, las que no volvieron" transforma a las Willis en una memoria colectiva de las mujeres desaparecidas y víctimas de la violencia feminicida, convirtiendo la danza en un acto de resistencia frente al olvido.

Por: Leticia Vaca
¿Cómo representar en un escenario la ausencia de miles de mujeres? Esa es la pregunta que atraviesa "Giselle, las que no volvieron", la reinterpretación de Melva Olivas presentada por el Taller Coreográfico de la UNAM en el Festival Internacional de Danza Contemporánea Lila López. Lejos del romanticismo del ballet, esta versión convierte a las Willis -los cuerpos de mujeres cuya vida fue arrebatada por la violencia- en una memoria colectiva.
La denuncia nunca se impone desde el discurso. Es el movimiento el que habla. Los cuerpos avanzan con una gravedad que rompe con la imagen delicada de las Willis del ballet romántico. Aquí no hay ligereza ni evasión; cada desplazamiento parece cargar el peso de una ausencia que permanece. La coreografía convierte el escenario en un espacio donde la memoria adquiere volumen, respiración y movimiento.
Las Willis dejan de ser fantasmas para convertirse en cuerpos atravesados por la violencia y la ausencia. Cargan historias que fueron interrumpidas, vidas que intentaron borrar y memorias que se resisten al olvido. No aparecen para infundir miedo al espectador, sino para recordarle que detrás de cada ausencia, hubo una mujer cuya existencia merece ser nombrada.
La obra prescinde de las cifras, porque comprende que la violencia no puede reducirse a una estadística. Cada cuerpo sobre el escenario devuelve importancia a quienes terminan convertidas en un dato, un expediente o una nota roja. Sus vestidos blancos convocan a imaginar un país, un estado, un hogar en donde la violencia en contra de las mujeres no deje ausencia y no termine reduciendo a una historia que permanece inconclusa.
Una voz irrumpe para narrar la búsqueda de una hija desaparecida. Habla de expedientes perdidos, investigaciones archivadas y de la promesa de no dejar de buscarla. No importa el nombre qué pronuncie; podría ser el de cualquiera de las mujeres cuya ausencia sigue esperando justicia.
“¿Qué el paso del tiempo calma el dolor? ¡Mentira! La última vez que la vi, estaba en Chiapas con unos amigos, tenía 19 años; mi hija se llama Casandra. Me enteré que los expedientes se extravían, que las investigaciones se archivan, que algunos policías se ríen y me nace la rabia. ¿Por qué no hacen lo que deben? ¿Por qué no te buscan como te mereces? Me la robaron los caminos, me la robaron los silencios, me la robaron los muros (...). Mi hija se llama Maricela, me llamaron para decir que había sido un error, que alguien la confundió, no descansaré hasta verte volver (...) Se llama Giselle, regrésenla, por favor.
La puesta en escena no ofrece respuestas ni consuelo. Lo que hace es impedir que la ausencia se vuelva costumbre. Mientras las Willis continúen danzando, esas mujeres dejarán de ser únicamente un recuerdo o una cifra y recuperarán, aunque sea por la duración de una función, el peso de un cuerpo y el lugar que les corresponde en la memoria colectiva. Porque la memoria también se baila.








