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Entre sombras, rezos y pasos que duelen, el silencio habla en San Luis Potosí

  • Foto del escritor: La Rata
    La Rata
  • hace 1 hora
  • 3 Min. de lectura

La Procesión del Silencio no solo se observa: se vive desde dentro. Cuatro horas antes, entre nervios, plegarias y preparación minuciosa, comienza una travesía espiritual que transforma cada paso en fe y cada calle en memoria.



Por: Jazmín Ramírez García


Mucho antes de que la multitud colme las calles del Centro Histórico y el murmullo colectivo se convierta en absoluto silencio, la procesión ya ha comenzado, pero no afuera, sino en el interior de quienes la viven.


Son cuatro horas antes.


El tiempo parece avanzar distinto.


En los espacios asignados, lejos aún del reflector público, comienza el ritual invisible: manos que acomodan telas, ojos atentos que revisan cada detalle del vestuario, y el ir y venir de quienes ayudan a que todo esté en su sitio.


A las damas se les coloca el rebozo con precisión, como si en ese gesto también se ajustara la solemnidad del momento.


Cada prenda tiene un sentido; cada elemento, un propósito.


Los nervios no se dicen, pero se sienten.


Poco a poco, los contingentes se trasladan hacia un costado del Templo del Carmen.


Ahí, la espera adquiere otra dimensión.


No hay prisa, pero tampoco calma total.


Se aguarda el turno de la cofradía, en una especie de pausa contenida donde el sonido ambiente parece apagarse por anticipado.


Y entonces, sucede.


El llamado no es una voz, sino un eco antiguo: la trompeta y el tambor de la banda de guerra rompen el aire con una cadencia que eriza la piel.


Es la señal. Es el momento.


Los nervios, ahora sí, se hacen presentes.

Se avanza.


El primer paso es firme, pero también es una declaración: estás dentro.


Frente a ti, tus compañeros; a los lados, la multitud.


Rostros atentos, cámaras que capturan, miradas que siguen cada movimiento.


No hay palabras, pero todo comunica.


Las calles comienzan a desplegarse como un camino sin fin.


Algunas parecen eternas, otras apenas se dejan recorrer, pero todas pesan igual cuando los pies comienzan a resentir el trayecto.


Cada paso duele, a veces más de lo esperado, pero también se ofrece.


Se reza en silencio, se pide, se agradece, se recuerda.


Cada quien lleva consigo una razón que no necesita explicarse.


Desde los balcones, el tiempo se quiebra en voces.


Los saeteros irrumpen con su canto grave, mientras los pregoneros se elevan como lamentos que atraviesan la noche.


Son instantes que detienen el andar por dentro, aunque el cuerpo siga avanzando.


La procesión no solo camina: escucha, siente, recoge cada sonido como parte de su esencia.


Y entre la multitud, de pronto, aparecen rostros conocidos.


Una mirada que se cruza, un gesto leve, alguien que vino a verte.


No hay palabras, pero basta. En medio de la solemnidad, ese pequeño instante reconforta, impulsa, recuerda que no se está solo.


El recorrido continúa.


Hasta que llega un punto distinto a los demás: la Plaza de Armas.


Ahí, algo cambia. El cuerpo lo sabe antes que la mente. Es el principio del final.


“Ya lo logré”, se piensa.


Porque cada paso, aunque silencioso, ha sido una batalla íntima.


Porque el cansancio acumulado se convierte en orgullo. Porque el dolor, lejos de detener, confirma que se ha cumplido.


Y entonces, termina.

Pero no del todo.


Al llegar, la sensación es otra: una alegría inmensa, profunda, difícil de explicar.


Es la satisfacción de haber sido parte, de haber caminado un año más, de haber sostenido la tradición desde dentro, de acompañar a la virgen en su duelo.


La multitud se dispersa, las luces cambian, el ruido regresa.


Pero en quien participó, el silencio permanece.

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