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El Orgullo no se vive de una sola forma

  • Foto del escritor: La Rata
    La Rata
  • hace 43 minutos
  • 5 min de lectura

Por: Adri Barrios


Cada 28 de junio se conmemora el Día Internacional del Orgullo LGBTIQ+, una fecha que no puede entenderse desde una sola mirada. Para algunas personas representa celebración, encuentro y comunidad; para otras, es la primera vez que pueden nombrarse públicamente, asistir a una marcha o vivir un espacio donde no tienen que ocultar quiénes son.


También hay quienes lo viven como memoria, como protesta, como una exigencia de derechos o incluso como una fecha con la que todavía no logran sentirse plenamente identificadas. Todas esas formas de vivir el Orgullo son válidas, porque responden a historias, contextos y experiencias distintas.


Sin embargo, hay algo que no debería olvidarse. Antes de ser una celebración, el Orgullo fue una respuesta frente a la violencia, la criminalización y la exclusión. Nació de personas que decidieron organizarse para exigir dignidad, igualdad y libertad. Recordar ese origen no significa renunciar a la celebración; significa reconocer que muchos de los derechos que hoy parecen cotidianos fueron conquistados gracias a personas que resistieron cuando existir abiertamente implicaba poner en riesgo su libertad, su trabajo e incluso su vida.


Olvidar la historia del movimiento también implica correr el riesgo de perder el sentido de muchas de las conquistas alcanzadas. Los avances en materia de igualdad y no discriminación fueron el resultado de años de organización, incidencia, movilización social y construcción de políticas públicas. Recordar esa historia no busca anclar al movimiento en el pasado, sino comprender por qué sigue siendo necesario defender esos avances y continuar ampliándolos.


En los últimos años también ha surgido otro desafío: la mercantilización del Orgullo. Cada junio es más común observar campañas comerciales, productos con los colores de la diversidad y discursos de inclusión que desaparecen al concluir el mes. Esta práctica, conocida como pinkwashing, ocurre cuando la diversidad sexual y de género se utiliza como una estrategia de mercadotecnia o de posicionamiento sin un compromiso permanente con la igualdad y los derechos humanos. La participación del sector privado y de otros actores puede contribuir a la inclusión cuando se acompaña de acciones reales; sin embargo, cuando el Orgullo se reduce únicamente a una estrategia comercial o de imagen, existe el riesgo de vaciar de contenido una conmemoración que nació de la resistencia y de la exigencia de derechos.


Reducir el Orgullo únicamente a una celebración desconoce esa historia. Pero reducirlo únicamente a una protesta también deja fuera a quienes encuentran en esta fecha un espacio para celebrar quiénes son, fortalecer redes de apoyo o sentirse parte de una comunidad. El Orgullo puede ser memoria y esperanza; protesta y celebración; exigencia de derechos y construcción colectiva.


También es importante reconocer que no todas las personas viven esta fecha de la misma manera. Hay quienes sienten distancia, incomodidad o incluso rechazo hacia el propio movimiento, aun formando parte de las poblaciones LGBTIQ+. Esa percepción no siempre nace de la indiferencia; muchas veces es consecuencia de años de discriminación, violencia, rechazo familiar, prejuicios aprendidos o formas de LGBTIQ+fobia interiorizada que la propia sociedad ha reproducido durante generaciones.


Antes de cuestionar cómo cada persona vive el Orgullo, conviene preguntarnos qué condiciones sociales han permitido que algunas personas puedan celebrarlo libremente, mientras otras todavía sienten miedo de asistir a una marcha, expresar afecto en público o, simplemente, decir quiénes son.


Tampoco puede hablarse de un solo Orgullo cuando las experiencias de las poblaciones LGBTIQ+ son profundamente diversas. No es igual vivir esta fecha siendo una persona indígena, una persona afromexicana, una persona con discapacidad, una persona migrante, una persona adulta mayor, una persona trans, una persona no binaria, una persona que ejerce el trabajo sexual, una persona que vive en condiciones de pobreza o desde cualquier otra condición o vivencia que influya en el ejercicio de sus derechos. La diversidad de las poblaciones LGBTIQ+ no puede reducirse a una lista de categorías; está conformada por múltiples identidades, contextos y experiencias que se entrecruzan. Reconocer esa realidad también implica comprender que las políticas públicas deben construirse desde un enfoque interseccional.


El territorio también transforma el significado del Orgullo. No es lo mismo vivir esta fecha en una gran ciudad que hacerlo en un municipio donde todas las personas se conocen. Hay lugares donde la discusión gira en torno a ampliar derechos; en otros, la exigencia sigue siendo tan básica como poder vivir sin miedo. Cada territorio construye su propio Orgullo porque también enfrenta desafíos distintos.


El Orgullo también invita a mirar hacia el interior de los propios movimientos. Ninguna causa social está exenta de diferencias, debates o desacuerdos, y esa pluralidad forma parte de cualquier sociedad democrática. Sin embargo, también es necesario preguntarnos si esas diferencias fortalecen las agendas colectivas o si, por el contrario, terminan fragmentándolas.


Las causas sociales requieren diálogo, construcción colectiva y una visión de largo plazo. Cuando el protagonismo individual desplaza a las agendas comunes, cuando el reconocimiento personal adquiere mayor relevancia que las transformaciones colectivas o cuando las causas se convierten en un medio para obtener beneficios personales, políticos o económicos, existe el riesgo de debilitar procesos que han costado años de organización. Los derechos humanos no deberían instrumentalizarse para fines de reconocimiento personal, posicionamiento político o cualquier otro interés ajeno a la dignidad de las personas. El protagonismo nunca puede ser más importante que la causa.


También es importante reconocer que la colaboración entre sociedad civil e instituciones públicas no debería entenderse como una contradicción. La historia de los derechos humanos demuestra que muchos de los avances alcanzados han sido posibles gracias a la movilización social, la participación ciudadana, la incidencia, el litigio estratégico y la construcción de políticas públicas. Lo importante no es desde qué espacio se participa, sino hacerlo con autonomía, transparencia, ética y poniendo siempre al centro a las personas.


Las instituciones públicas, por su parte, tienen la obligación de garantizar el ejercicio pleno de los derechos humanos. Su responsabilidad no se limita a acompañar una conmemoración o emitir mensajes durante el mes de junio. Implica prevenir y atender la discriminación, garantizar el acceso efectivo a derechos, generar políticas públicas con enfoque de derechos humanos, impulsar acciones afirmativas, fortalecer mecanismos de participación y construir condiciones para que todas las personas puedan vivir libres de violencia y exclusión durante todo el año.


El 28 de junio representa, entonces, una oportunidad para reflexionar sobre cuánto se ha avanzado y cuánto falta por construir. El Orgullo no pertenece a una sola forma de vivirlo, ni a una sola generación, ni a un solo grupo de personas. Es una construcción colectiva que reconoce la diversidad de experiencias, pero que comparte un mismo propósito: que todas las personas puedan ejercer plenamente sus derechos, vivir libres de violencia y desarrollar su proyecto de vida en condiciones de igualdad.


La pregunta, entonces, ya no es si el Orgullo debe ser una fiesta o una protesta. La verdadera pregunta es otra: ¿qué estamos haciendo, desde el lugar que ocupamos, para que algún día ninguna persona tenga que justificar quién es para vivir con dignidad, igualdad y libertad?

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