top of page

El miedo que queda después

hace 2 días
6 min de lectura


Por: Natalia Elizabeth Gutiérrez Valenzuela


Hay noticias que no deberían contarse con ligereza. Hay nombres que merecen ser pronunciados con respeto.


Y hay dolores que no nos pertenecen, porque solamente quienes los viven saben realmente lo que significa perder a una hija, a una hermana, a una amiga.


En estos días, los nombres de Claudia Tacoronte Aguilera y Karla Margarita Pérez Jiménez han llegado a nuestras pantallas, a las conversaciones familiares, a las redes sociales y a los medios de comunicación.


Claudia, una joven estudiante de 21 años, fue asesinada en Cuautla, Morelos. Las autoridades investigan su muerte como feminicidio y recientemente informaron sobre la detención de una persona señalada como probable responsable.


Karla Margarita, estudiante de Medicina de 22 años, fue localizada sin vida en Zapopan, Jalisco, después de haber sido reportada como desaparecida. La Fiscalía de Jalisco informó también sobre la detención de una persona señalada como probable responsable del feminicidio.


No pretendo reconstruir sus últimos momentos. No pretendo especular sobre lo ocurrido. No pretendo hablar por sus familias. Y mucho menos convertir su dolor en una herramienta para generar indignación.


Esta columna pretende hablar de nosotras. De lo que pasa en una sociedad cuando una mujer pierde la vida de manera violenta y, además del dolor que queda en su familia, aparece algo que muchas mujeres conocemos demasiado bien: el miedo.


Ese miedo que aparece cuando una hija sale de casa. Cuando una estudiante termina sus clases y tiene que regresar. Cuando una madre espera un mensaje que diga: “Ya llegué.”


Cuando una mujer comparte su ubicación con alguien de confianza.

Cuando mira hacia atrás mientras camina.

Cuando cambia de ruta.

Cuando evita ciertos lugares.

Cuando calcula cuánto falta para llegar.

Cuando toma el teléfono no para llamar, sino para tenerlo listo por si algo sucede.

Quizá muchas de nosotras aprendimos esas cosas desde niñas.


Y lo más preocupante es que, poco a poco, hemos terminado por considerarlas normales.


Pero no deberían serlo. No debería ser normal que una mujer tenga que diseñar una estrategia de seguridad cada vez que sale de casa.


No debería ser normal que una estudiante tenga que pensar primero en cómo regresar segura después de sus clases.


No debería ser normal que una madre permanezca despierta esperando saber que su hija llegó.


No debería ser normal que la libertad tenga horarios.


Y tampoco debería ser normal que, después de la muerte violenta de una mujer, la conversación social termine preguntando qué pudo haber hecho ella para evitarlo.


Porque la responsabilidad de prevenir la violencia no puede descansar únicamente sobre los hombros de quienes pueden convertirse en víctimas.


Claro que las detenciones importan.

Importa que existan investigaciones.

Importa que las autoridades actúen.

Importa que, cuando corresponda, quienes sean encontrados responsables enfrenten las consecuencias jurídicas previstas por la ley.

Pero hay algo que una detención no puede resolver por sí sola, el miedo que queda.


Porque cuando una mujer es asesinada, no solamente queda una familia enfrentando una ausencia.


También quedan miles de mujeres preguntándose si ellas podrían ser las siguientes.

Una hija piensa en su madre.

Una madre piensa en su hija.

Una estudiante piensa en el camino de regreso.

Una familia vuelve a preguntarse si esa persona que todavía no llega estará bien.


Y entonces aparece una pregunta que deberíamos hacernos como sociedad: ¿En qué momento aceptamos que vivir con miedo podía convertirse en parte de la vida de las mujeres?


La prevención también exige que miremos lo que ocurre antes de que una tragedia llegue a nuestras manos.


Que tomemos en serio las señales de violencia.

Que existan espacios públicos seguros.

Que podamos contar con transporte seguro.

Que una calle iluminada no sea un lujo.

Que las instituciones sepan escuchar y actuar.

Que las medidas de protección funcionen cuando una mujer las necesita.

Que una desaparición sea atendida con la urgencia que merece.


Y que la seguridad de las mujeres no dependa exclusivamente de cuántas precauciones sean capaces de tomar.


Porque cuidar de una misma es importante.

Pero no podemos convertir la prevención en una lista interminable de cosas que una mujer debe hacer para evitar convertirse en víctima.


La Suprema Corte de Justicia de la Nación ha establecido que las muertes violentas de mujeres deben investigarse con perspectiva de género y con debida diligencia, explorando las posibles razones de género y las distintas líneas de investigación pertinentes.


Esto no significa adelantar culpabilidades.

No significa condenar a alguien desde una columna.

No significa sustituir el trabajo de las autoridades.


Significa recordar que investigar una muerte violenta de una mujer exige seriedad, rigor y una mirada libre de prejuicios.


Y que detrás de una carpeta de investigación existe una persona.

Claudia era Claudia.

Karla era Karla.


Antes que una noticia, antes que una carpeta y antes que cualquier estadística, fueron mujeres jóvenes con una historia que les pertenecía.


Tenían proyectos.

Tenían personas que las querían.

Tenían sueños.

Tenían una vida por delante.


Y hoy hay familias que tendrán que aprender a vivir con una ausencia que nunca debió existir.


Por eso creo que cuando hablamos de feminicidio debemos hacerlo con enorme responsabilidad.


No para alimentar el morbo.

No para convertir una tragedia en contenido.

No para señalar sin pruebas.

No para hablar por quienes hoy están sufriendo.


Y mucho menos para reducir la vida de una mujer a la forma en que murió. Hablamos de feminicidio porque necesitamos comprender la violencia que existe detrás de estos hechos y porque necesitamos preguntarnos qué podemos hacer para prevenir que otras mujeres sean víctimas.


Porque si solamente reaccionamos cuando una mujer ya fue asesinada, estamos llegando demasiado tarde.


La prevención también está en escuchar.

En atender.

En investigar.

En actuar.

En no minimizar una amenaza.

En no normalizar el control.


En no decirle a una mujer que está exagerando cuando expresa que tiene miedo. En entender que muchas tragedias tienen detrás señales que, en retrospectiva, parecen evidentes, pero que antes de la tragedia pudieron haber sido ignoradas, minimizadas o simplemente no identificadas.


Esa reflexión no busca culpar a las familias, todo lo contrario.


Busca recordarnos que la prevención es una responsabilidad colectiva e institucional, no una carga que pueda colocarse sobre quienes sufren la violencia.


Y quizá ahí está nuestra mayor responsabilidad como sociedad: no acostumbrarnos.

No permitir que cada feminicidio sea noticia durante unos días y después desaparezca de nuestra memoria.


No permitir que la indignación dure solamente mientras la noticia está en tendencia.

No permitir que el miedo termine formando parte de la educación de nuestras niñas.

Que aprendan a cuidarse, sí.


Pero también debemos enseñarles algo mucho más importante: que tienen derecho a vivir sin miedo.


A Claudia y a Karla les debemos, antes que cualquier análisis, respeto.

A sus familias, consideración y solidaridad ante un dolor que solamente ellas podrán

dimensionar.


A las autoridades les corresponde continuar con las investigaciones y llevar ante la justicia a quien resulte responsable, respetando el debido proceso y las garantías que corresponden a todas las personas involucradas.


Y a nosotros, como sociedad, nos corresponde no mirar hacia otro lado.

Porque quizá no podamos cambiar lo que ya ocurrió.


Pero sí podemos preguntarnos qué estamos haciendo para que otra familia no tenga que recibir una llamada que cambie su vida para siempre.


Las referencias a investigaciones y personas detenidas contenidas en esta columna corresponden a información pública disponible al momento de su elaboración. Las responsabilidades penales deberán determinarse por las autoridades judiciales competentes conforme al debido proceso.


A Claudia y a Karla no les debemos morbo.

Les debemos respeto.


A sus familias no les debemos respuestas que no tenemos.

Les debemos sensibilidad.


Y como sociedad nos debemos una pregunta que quizá sea mucho más difícil de

responder:


¿Qué estamos haciendo para que nuestras mujeres puedan vivir, estudiar, trabajar, caminar, viajar, regresar a casa y simplemente vivir su vida sin tener que hacerlo con miedo?


Porque no queremos enseñarles a nuestras hijas únicamente cómo regresar a salvo.


Queremos que llegue el día en que puedan regresar a casa sin tener que pensar que quizá no lo harán.


Vivir sin miedo no debería ser un privilegio. Es un derecho absoluto.


Esta columna forma parte del segmento “Lo personal es jurídico”, escrito por integrantes de SORORAL Red de Abogadas, una colectiva conformada por abogadas de todo el país que brinda asesoría jurídica gratuita a niñas, niños, adolescentes y mujeres en situación de vulnerabilidad.

Comentarios


franja alcanta im.jpg
La_Alcantarilla-01.png

Suscríbete

  • White Facebook Icon
  • White Twitter Icon
  • White YouTube Icon

© 2023 por La Alcantarilla. 

Política de privacidad.

bottom of page