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Asociaciones civiles que aparecen cuando conviene

  • Foto del escritor: La Rata
    La Rata
  • hace 17 horas
  • 3 Min. de lectura

Por: Adri Barrios.


En México, la organización de la sociedad civil ha sido clave para sostener causas, acompañar procesos y, en muchos casos, suplir lo que el Estado no alcanza o no quiere atender. Asociaciones civiles, fundaciones y colectivas han construido trabajo desde abajo, con recursos limitados y con una constancia que rara vez se reconoce.


Sin embargo, hay otro fenómeno que aparece con una regularidad difícil de ignorar. En Estados como San Luis Potosí en periodos cercanos a procesos electorales comienzan a surgir nuevas asociaciones, fundaciones y organizaciones que, en poco tiempo, logran visibilidad, articulación y presencia pública. Se constituyen formalmente, activan agendas específicas y organizan actividades, eventos o intervenciones que incrementan su posicionamiento.


No es la figura legal lo que está en cuestión. Las asociaciones civiles cumplen una función importante y necesaria. El problema es cómo y para qué se utilizan en ciertos contextos, sobre todo cuando su aparición coincide con momentos políticamente estratégicos y con dinámicas que no responden a procesos comunitarios sostenidos.


No todas las organizaciones nacen desde la misma lógica ni enfrentan las mismas condiciones. Mientras algunas llevan años sosteniendo trabajo comunitario, gestionando recursos mínimos y enfrentando obstáculos institucionales para poder operar, otras organizaciones parecen contar desde el inicio con acceso a financiamiento, respaldo político o espacios de visibilidad que no suelen estar disponibles para procesos construidos desde lo local.


Aquí es donde la cosa se complica. ¿Se trata de ejercicios genuinos de organización social o de estructuras que funcionan como extensiones de proyectos políticos? ¿Dónde termina la participación ciudadana y dónde comienza la promoción anticipada? ¿Bajo qué criterios se permite que algunas organizaciones operen con ventajas que otras no tienen?


El uso de asociaciones civiles o fundaciones como plataformas de posicionamiento no es un tema menor. Puede convertirse en una forma de rodear los límites de la actividad político-electoral. Esto también evidencia vacíos en la regulación y en los mecanismos de supervisión, especialmente cuando estas estructuras operan con recursos o apoyos que pueden tener origen público sin que existan controles claros sobre su uso, y cuando la línea entre lo social y lo político se vuelve difusa de manera conveniente.


En medio de esa ambigüedad, se genera una desigualdad evidente. Existen organizaciones que recurren al litigio estratégico para exigir presupuesto, para defender su derecho a existir o para garantizar condiciones mínimas de operación. También hay procesos que sostienen agendas de derechos humanos sin financiamiento, con trabajo voluntario y con una carga constante de desgaste.


Al mismo tiempo, existen organizaciones que, en momentos específicos, operan con recursos, presencia y respaldo que no parecen responder a las mismas reglas. El problema no es que existan más organizaciones, sino que su creación y funcionamiento coincidan sistemáticamente con intereses políticos y con coyunturas que favorecen su posicionamiento.


La pregunta de fondo ya no es solo sobre legalidad, sino sobre legitimidad. ¿A quién representan estas organizaciones? ¿A quién benefician realmente? ¿A qué agendas responden? Estas preguntas permiten identificar si se trata de procesos sociales genuinos o de mecanismos de simulación.


La sociedad civil no debería ser un instrumento ni un atajo. Cuando las figuras legales, como las asociaciones civiles o las fundaciones, se convierten en vehículos para la promoción política anticipada, lo que se erosiona no es solo la equidad en los procesos electorales, sino también la confianza en la organización social.


En un país donde muchas organizaciones sobreviven sin apoyo y donde incluso es necesario recurrir a mecanismos legales para acceder a recursos, la aparición de estructuras con ventajas evidentes no puede entenderse como coincidencia. Responde a una lógica que permite —y en ocasiones incentiva— el uso estratégico de la participación.


Por eso la discusión es urgente. No para descalificar la organización, sino para defenderla, fortalecerla y exigir reglas claras, transparencia en el acceso a recursos y condiciones equitativas para todos los procesos.


Porque cuando la organización se convierte en estrategia, la participación deja de ser un derecho… y se vuelve una herramienta.

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