Mujeres sobrevivientes a la prisión.

“Solamente quien ha estado en el penal La Pila, sabe lo que es sobrevivir”: ex interna



Por Leticia Vaca


Las mujeres que son privadas de su libertad, no solo tienen que cumplir una condena por los delitos que se les imputan -de los que en muchas ocasiones son inocentes- también tienen que luchar contra las desigualdades que en reclusión se agudizan.


Las mujeres privadas de su libertad, no tienen acceso a la educación, a la salud, a practicar alguna actividad deportiva, a una atención psicológica, a contar con un empleo; los casos en que pudieron ser contratadas, la empresa no las reconocía como trabajadoras, eran explotadas con largas jornadas.


Durante el panel Mujeres Privadas de su Libertad, hacia la reforma del reglamento, celebrado dentro de las jornadas por el 20 aniversario del Instituto de las Mujeres del Estado de San Luis Potosí (IMES), mujeres que fueron privadas de su libertad compartieron sus experiencias de supervivencia dentro del Centro de Reinserción Social, La Pila.


El tumba burros


En cuanto al acceso a la salud, denunciaron las deficiencias o la nula atención y, cómo un mal diagnóstico o la imposición de consumo de medicamentos, deriva en muchas ocasiones en adicciones.


“Te evalúan de una manera incorrecta, te dan un tratamiento a seguir y si tú te rehúsas, porque ese fue mi caso, a mí me daban una pastilla que es conocida como ´el tumba burros´ ahí adentro que es para dormir y manejar la depresión” comparte Norma, unas de las mujeres que dio su testimonio.


“Hubo un tiempo que las guardias optaron por moler el medicamento para que tú lo ingirieras (...) porque no era si tú querías tomártelo, porque sabían que lo ibas a regalar o lo ibas a vender (…) el instinto de supervivencia, hay que buscar la manera de sobrevivir ahí donde no hay nada” agregó.

Al investigar qué efectos secundarios causa el medicamento, se enteraron que provoca desajustes hormonales, aumento de peso y puede generar dependencia, “yo no me hice adicta al medicamento, pero si tú dices que no, desde ahí no respetan tu derecho y entonces ya después tú lo pides, me tocaba ver compañeras que se ponían muy mal cuando no había medicamento, y entonces ahí el centro se lava las manos, solo dice que no hay” relató.

Entre los testimonios también revelaron que, para no proporcionar una atención médica, las mantenían dormidas como el caso de María de la Luz, a quien sin contar con un diagnóstico la mantuvieron aislada durante un tiempo.


“Yo estuve cinco años ahí, en esos cinco años yo la verdad sufrí depresión, otras enfermedades como alergias, pero si te sientes mal, va una a enfermería te medican o te ponen una inyección para que ya te vayas a dormir, es más fácil dormirte que revisarte y saber qué es lo que tienes. Ya después eran salidas al hospital, por una alergia que tenía, me hicieron estudios y no salía nada, me dicen que tenía tuberculosis y me aíslan, porque era más fácil, te dopamos, te dormimos y dejas de dar lata, esto también de cierta manera te deprime porque yo pensaba, voy a morir en prisión” relató.


Tener un hijo dentro del Centro de Reinserción.


Mari Cruz compartió las dificultades de tener a su hijo al estar privada de su libertad, la incertidumbre y la angustia que le generaba el pensar en que si se llegaba a presentar una emergencia no tendría a dónde acudir.


“Según hay un pediatra, pero va una vez a la semana, si se te pone malo, digamos un lunes él va a hasta el sábado, igual el embarazo es una vez por semana (la revisión), si tienes alguna emergencia, si no, te revisan cada dos o tres meses”.


En su caso, salió antes de que su hijo cumpliera los tres años, edad a la que los y las hijas de mujeres privadas de su libertad son sacados de los centros de Reinserción Social. “A los tres años los retiran, es un cambio muy drástico porque tienen ahí la convivencia de todo el día y tampoco te dan terapia, a mí no me tocó, salí antes”.


Además, relató que, al tener a su hijo con ella, se le impedía realizar actividades en el taller de costura, así como poder ser “contratada” por la empresa que las empleaba, porque ella no podía dejar a su hijo al cuidado de alguien más, tenía que estar al cien por ciento en el cuidado.


“Si tienes un hijo no hay ningún trabajo que puedas realizar ahí, si se te acaban los pañales entre semana tienes que andar corriendo detrás de la de trabajo social, casi rogándole que te dé una bolsa de pañales, igual de leche o lo que te haga falta”.


Los hombres sí pueden continuar con su formación académica, las mujeres no.


Las mujeres privadas de su libertad, no tienen la posibilidad de poder continuar con sus estudios, porque solo en ocasiones se les brindan talleres o cursos. Situación que denunciaron es completamente opuesta para los hombres.


“Conozco chicos que han terminado una carrera estando en el penal aquí en el estado, entonces por ahí empezamos, no hay, para los hombres sí, para las mujeres no”, reprochó Norma.


Otra de las condiciones de desigualdad que denunciaron, fue los libros que les eran proporcionados para leer, mientras que en la sección varonil hay libros de todo tipo, en la sección femenil solo les compartían libros de novelas románticas.


“Dicen que si en una cárcel no hay drogas, no es cárcel”


El manejo de las adicciones fue otro tema que se tocó en el panel; nombraron los nombres de algunas de las drogas que hay dentro de La Pila. Rosita, mencionó al menos tres.


María de la Luz, compartió: “hay muchas sustancias que muchos ni se imaginan que hay ahí adentro, porque se supone que no debería de haber, hay marihuana, cocaína, cristal, piedra y si a esto le combinamos los chochos, es una bomba total, no hay trabajo, no hay educación la ociosidad ¿qué te hace pensar?, la depresión…yo conocí muchas personas que en su vida habían probado alguna droga y lamentablemente la fueron a probar ahí dentro”.

Si a alguna le encontraban alguna droga, era castigada hasta por 15 días, sin embargo, María de la Luz se cuestiona: “¿cómo se explican que hay droga dentro del penal?, ¿cómo ingresa? y no hay un poco de droga, hay mucha, y no solamente en el área femenil, imagínense en la femenil éramos 80 como mucho, en la varonil mil 500, se imaginan la cantidad de droga que entra al penal”


Laborar 10 horas, pero no ser consideradas trabajadoras.


Pese a que la empresa Traktolamp daba empleo de jornadas de hasta 10 horas, no eran reconocidas como trabajadoras; les pagaban como becarias, además de descontarles los días o las horas que habían faltado por acudir a las audiencias, o en las ocasiones en las que tenían que acudir a enfermería.


“¿Qué no se supone que éramos becarias?, no, ahí ya éramos trabajadoras, lo que se nos pagaba era una baba, las audiencias es algo involuntario, porque el juez te está requiriendo y cómo le digo al juez, no puedo ir porque me descuentan en el trabajo” relata María de la Luz.


La mayoría de las trabajadoras son madres, por lo que aguantaban las condiciones laborales para poder enviar un poco de dinero para sus hijos o hijas, así como poder pagar productos o comida que adquirían en la tienda.


“Porque la comida estaba fea con ganas y a veces la verdad no comíamos, un día de tanto dije ya, ya no más, y formulé la demanda, hice una demanda laboral a esta empresa para que nos reconocieran como trabajadoras, y se negaron, decidieron mejor tomar su empresa y vámonos, nos dejaron sin empleo a todas, por consiguiente, dejaron a nuestros hijos sin lo poco que podíamos enviarles, hoy en día sigue la demanda en pie”.


Durante 12 años, la empresa estuvo explotando a las mujeres privadas de su libertad, que además no pagaba el mismo salario en el área femenil que en la varonil.


“Por salir a jugar futbol, nos dejaron a todas a fuera mojándonos”


El derecho a practicar alguna actividad deportiva, tampoco es garantizado, cuando mucho se les presta un balón para que jueguen futbol o se les deja salir a caminar 10 minutos, pero esto depende del estado de ánimo de las custodias.


Una vez más se hace presente la desigualdad de género porque, “del lado de los hombres hay gimnasio, hay concursos de fisicoculturismo, concursos de futbol e ingresan a jugar colonias, hay box y peleas que dejan mucho dinero ahí dentro, pero nosotras no teníamos acceso al deporte”, denunció Norma.


Cerca del taller, describió, había unos aparatos descompuestos y algunas escaladoras, sin embargo, no les permitía estar ahí, porque eran acusadas de reunirse para planear algo.


“Recuerdo una vez que estaba lloviendo, nos salimos a jugar futbol y por habernos salido nos dejaron a todas afuera mojándonos, ese fue el castigo, por haber jugado futbol”, rememoró.


“No solamente fueron cinco años privada, porque hoy en día me siento privada muchas veces de mi libertad”.


En cuanto a la reinserción social, también describieron la falta de herramientas que les permitan continuar con sus proyectos de vida una vez que egresan.


Norma compartió que las asociaciones Nueva Luna y Vuelo de Pájaros, son las únicas que trabajan en la reinserción social, con apoyo psicológico, acompañamiento y la oportunidad de conseguir un empleo.


“Nueva Luna incluso ya tiene un lugar para recibirlas por si no tienen a donde ir, porque uno sale con una mano adelante y una atrás (…) hacen una gran labor para ese sector desprotegido, vulnerable, sin derechos, porque estando ahí no existes. Tuve la oportunidad de recuperar mi trabajo, soy educador inicial, Vuelo de Pájaros me dio la oportunidad de realizar una carrera, estoy a punto de culminarla”


Asimismo, señaló que una vez que salen del Centro de Reinserción, se les debe asignar un asesor jurídico, para cualquier cosa que pueda presentarse, “yo creo que ninguna de las que han salido tienen acceso a eso”, advirtió.


Rosita dijo aún estar pagando parte de su fianza, 17 mil pesos cada mes, “es mucho dinero a veces dices pues qué voy a comer, cuando yo ni siquiera soy culpable”.


Además, describe que aún no se siente capaz de salir a la calle. “Después de que me quitaron mi tranquilidad yo no ando bien, a veces le digo a mi papá ´no puedo´, a veces no me la creen, pero no puedo salir, no soy la misma de antes, porque me quitaron mi tranquilidad”.


María de la Luz, coincidió con sus compañeras en torno a que no se les brindan herramientas una vez que salen, además dijo desconocer que tiene derecho a contar con un asesor jurídico.


“Tengo tres meses que salí, todavía es hora de que no encuentro trabajo, me da miedo salir a la calle, salgo y ya no hay casa, no hay muebles, ya no hay nada, familia, fatal, muertes por todas partes, una mano atrás, una mano adelante, empezar de cero, ¿cómo?, yo sabré cómo, porque a pesar de que yo salí absuelta y se comprobó mi inocencia ¿quién me va a reponer los cinco años que perdí allá adentro?, perdí todo”.


Aunque María de la Luz ya se encuentra en “libertad”, describe aún sentirse privada de su libertad, incluso con el temor de recibir algún regaño por no usar ropa que cubra todas sus piernas.


“Me da miedo salir a la calle, porque ¿a quién le pido permiso?, ahorita ¿qué hora es?, no vaya a ser que no llegué al pase de lista de las siete” agrega.


Comparte que aún no puede estar mucho tiempo sola, por lo que destaca la importancia de que una vez que salen del Centro de Reinserción, cuando menos se les debería de brindar atención psicológica.


“Porque es muy difícil integrarte a la sociedad, de repente vas caminando y dices, ´no me venga siguiendo la guardia´, hasta fumarte un cigarro en tu cuarto dices ¡ay!, le vaya a llegar el humo a la guardia y venga a regañarme”, concluye.


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