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Dos infancias, un mismo San Luis Potosí


Por: Magdalena Cisneros, Regidora del Ayuntamiento de SLP


Hace unos días estuve presente en un convivio con niñas y niños que viven en una casa hogar, horas más tarde asistí o la toma de protesta del Cabildo infantil.


Estar presente en estos dos momentos me hizo reflexionar: dos formas de crecer en el mismo San Luis y caray, qué gran relevancia toma el papel que juega cada adulto en las distintas instituciones que crían, que educan y que protegen a las infancias.


De un lado, niñas y niños que participan, opinan, levantan la mano y comienzan a entender que su voz tiene valor.


Del otro, pequeñas y pequeños que sí, sonríen, que también juegan, pero que cargan historias más complejas, miradas tristes, silencios largos y preguntas que no siempre se responden.


Y entonces surge una reflexión inevitable: no todas las infancias parten del mismo lugar, y qué enorme es el compromiso y la responsabilidad que tenemos como Cabildo en la generación de espacios de desarrollo, de educación y de cuidado de niñas y niños; que necesaria es la conciencia de los gobernantes en la labor titánica de las instituciones creadas para salvaguardar a las y los pequeños que no cuentan de manera personal con una familia, que crecen en una en la que los adultos fallan en la protección y en la crianza.


En lo siguiente, voy a referirme a las niñas, no porque sean más importantes, sino porque en nuestro México, el nacer niña viene con una dosis extra de complejidad. Durante mucho tiempo hemos pensado que el empoderamiento empieza en la adultez, cuando una mujer ya decide, ya se posiciona, ya exige.


Pero la realidad es otra: el empoderamiento se siembra desde la infancia.

En lo cotidiano.

En lo que parece simple.


En cómo se les habla.

En cómo se les valida.

En cómo se les demuestra afecto.


Porque sí, la confianza y el cariño son base.

Pero de por sí no son suficientes, ¿Qué debemos dar a quienes no crecen dentro de una familia? ¿Qué tanto podemos dar como gobierno y como sociedad?


El empoderamiento real de las niñas también requiere estructura, límites claros y oportunidades.


Requiere que crezcan sintiéndose escuchadas, tomadas en serio, con la posibilidad de equivocarse sin ser anuladas.


De qué sirve decirles “puedes ser lo que quieras” si a su alrededor se ven solas, si quizá sienten que no fueron suficientes para merecer una familia, y si al menos tienen una, ven que a las mujeres se les limita, se les cuestiona o se les minimiza. Las niñas no solo escuchan lo que decimos, observan lo que permitimos.


Y hay algo fundamental que muchas veces se nos escapa: la confianza no es solo que otros crean en ellas, es que aprendan a confiar en su propia voz, que los adultos seamos capaces de encausarlas.


Ahí es donde empieza todo. Ahí es donde una niña deja de depender únicamente de la validación externa y comienza a construir criterio, identidad y una fuerza interna, pero esa confianza no aparece por arte de magia. La resiliencia tampoco.


La resiliencia no se forma evitando dificultades, sino aprendiendo a atravesarlas con herramientas: pensamiento crítico, autonomía, educación, redes de apoyo y modelos a seguir.


Eso es empoderar: no solo decirles que pueden, sino darles condiciones reales para hacerlo.


Y aquí es donde la diferencia entre ambas escenas se vuelve más evidente.


Porque mientras algunas niñas tienen acceso a espacios como un Cabildo infantil —donde participan, se expresan y son escuchadas— otras crecen sin entornos familiares seguros, sin redes estables y sin oportunidades claras de inclusión.


Ahí es donde lo colectivo se vuelve indispensable. Ahí es donde nosotros los adultos, tanto en el ámbito de gobierno como en sociedad estamos generando deuda.


No basta con la buena intención de una persona, se necesitan redes. Se necesitan programas. Se necesita gente preparada, empática y constante.


Porque la inclusión no es invitar a unas cuantas, es diseñar condiciones para que ninguna se quede fuera.


Desde la labor que se realiza en el Cabildo de San Luis Potosí, estos temas no pueden ser ajenos. Implica impulsar políticas públicas que fortalezcan a las niñas desde la infancia, acompañar programas que generen entornos seguros y, sobre todo, insistir en que el enfoque de igualdad no sea discurso, sino acción concreta en cada decisión que se toma.


También implica cuestionar lo que aún falta: ¿Qué estamos haciendo para que las niñas en situación de vulnerabilidad tengan acceso a estos espacios? ¿Cómo estamos garantizando que no se queden fuera?


Porque gobernar también es eso: mirar a quienes no siempre son visibles.


Las vivencias de días pasados no deberían parecer ser mundos separados, deberían ser parte de una misma realidad: un país que cuida, qué escucha y qué forma a todas sus niñas por igual.


Porque en México, ser niña sigue implicando retos adicionales: abrirse camino, ganar respeto, sentirse segura. Y eso no empieza a los 20 o a los 30 años. Empieza mucho antes.


Empieza cuando una niña es escuchada, cuando es validada, tiene oportunidades y cuando encuentra una red que no la suelta.


Al final, no se trata solo de que las niñas crezcan. Se trata de cómo crecen y de si lo hacen sabiendo que su voz importa.


No hay forma en que los gobiernos podamos solos con la tarea, necesitamos también como sociedad visibilizar a nuestras infancias, acercarnos a dónde se encuentren y sumarnos para ayudarles y acompañarles en la medida de lo posible para que el día de mañana sean buenos seres humanos y buenos ciudadanos.


En concreto: tenemos una tarea, un compromiso, una obligación y es de todos; sí gobierno, sí sociedad.


Tenemos juntos y y juntas que construir seguridad e igualdad, generar espacios en donde nuestras infancias crezcan en todos los sentidos positivos, donde sean escuchados y respetados, donde sean visibilizados y sí sean incluidos en la sociedad. Donde la voluntad encuentre lugar.

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