• La Rata

De represión y mentiras.

Actualizado: ene 20


Fotografía tomada por María Medrano.


Por: Darinka Issamar Cruz Santana.


Ciudad de México. Sábado 25 de enero de 2020.


Entendí muy poco de lo que pasó o en qué momento. Estaba gritando “Me cuidan mis amigas, no la policía” cuando María se me acercó sonriendo y me abrazó, gritó un par de consignas conmigo y volvió al lado de su novia dejándome su aroma y su energía en la piel.


Tampoco me di cuenta cuanto tiempo pasó antes de que la policía nos dejara avanzar; solo seguíamos repitiendo: “Me cuidan mis amigas…”.


Desde que bajé del metro noté a los cientos y cientos de policías que estaban acuerpados por toda la Alameda y los alrededores, tragué saliva y seguí de frente sin mirarlos, sintiéndome observada, juzgada, vulnerada; por aquellos que deberían hacerme sentir segura. Estaban encapsulándonos frente a la antimonumenta, ni siquiera permitieron que las madres de víctimas de feminicidio terminaran el pronunciamiento y ya nos tenían rodeadas.


Avanzamos y me duele mucho la espalda porque llevo horas cargando a mi bebé, pero una mujer me llama y me dice que me una al contingente Crianza Feminista para ir más segura junto a las otras madres. Soy madre y activista, sí, cómo lo era Isabel Cabanillas, la artista asesinada por quien se dio la cita de último momento. Durante la semana llevo a cabo labores de cuidado, le doy baños, comida y amor a mi pequeño, cómo muchas otras mujeres. No soy ninguna terrorista, y un nudo recorre desde mi vientre a mi garganta mientras avanzo entre la multitud. Isabel tenía un hijo, le amaba y le cuidaba. Y cómo ella, y cómo yo, hay muchas mujeres, compañeras nuestras, dejando de lado el temor y la apatía para tomar las calles y exigir justicia y dignidad por todas, usando su tiempo y energía para crear espacios y alternativas para un futuro mejor.


Pude ver policías, policías, policías y más policías; cómo aquellos que la noche anterior ni siquiera llegaron al lugar de los hechos después de que llame al 911 porque escuché ocho balazos muy cerca de mi casa. Policías cómo aquellos que ni siquiera se han enterado de que el secuestro exprés ha aumentado un 800% y los feminicidios un 14% en la CDMX durante la presente administración. Policías por todos lados, ¿de dónde salieron tantos si el día que un tipo me acosó en el vagón exclusivo no encontré ninguno?.


Seguíamos gritando y avanzando: “Señor, señora, no sea indiferente SE MATA A LAS MUJERES EN LA CARA DE LA GENTE” y algunas compañeras se detenían a hacer pintas en el suelo. De un momento a otro reinaba el caos y las agentes estaban tratando de entrar a los contingentes, contra todo protocolo de seguridad. Una de ellas con ayuda de un extintor nos lanzó una especie de gas verde y corrosivo que provocó tos a las que no alcanzaron a apartarse; ahí fue la primera vez que grité: “¡Traemos niños!” cuando vi a una compañera de rodillas y con los ojos hinchados y llorosos, tosiendo. El ERUM, por supuesto, ni siquiera le ofreció ayuda.


Se podía tocar la tensión, había pasado mucho más tiempo del esperado y entre el dolor, la impotencia y el desorden seguí el impulso, tal vez estúpido, de gritar: “¡Abran los ojos, ustedes tampoco le importan al gobierno!” y una oficial me sonrió de manera burlesca.


Durante el recorrido muchas personas nos insultaban, se metían a los contingentes y nos arrojaban cosas (cómo siempre) y las oficiales que según los medios “nos acompañaban” y “resguardaban” no movieron un músculo por evitarlo, aunque los días subsecuentes no dejó de hablarse de que solo las enviaron a protegernos.


Cuando llegamos al senado nos cerraron el paso y una de ellas me empujó de frente, no me importó y solo camine. Quería escuchar el pronunciamiento de Lorena, madre de Fátima y las integrantes de la colectiva Hijas de su maquilera madre, compañeras de Isabel.


Me quedé de pie, cansada y sedienta, eran más de las cinco treinta y estaba por sentir ese dolor que me provoca escuchar testimonios de familiares y víctimas, pero me es necesario oírlo para saber la verdad de primera mano. Estaba parada, inmóvil, en silencio, cuando sentí un empujón por la espalda y me volví de inmediato.


- ¡No me empujen, traigo un bebé! - increpé mirando a las policías que se habían metido en el contingente y jaloneaban a cualquiera que quedará a su alcance. “¡No me empujen, traigo un bebé!”, grité tres o cuatro veces pues habíamos quedado atrapados entre el forcejeo y un tubo de metal, pero las agentes me miraban y no me escuchaban o no les importaba y fueron mis compañeras quienes lograron jalarme y hacerme a un lado.


¿Qué que hacía yo ahí? Haciendo valer mis garantías individuales señaladas en el artículo 6º de la Constitución. Claro que sentía miedo y claro que estoy consiente donde estoy parada, corriendo el mismo riesgo que cuando me traslado largas distancias sola en transporte público porque no tengo recursos ni ganas de delegar el cuidado de mi hijo. No soy una terrorista, pero entre estas mujeres desconocidas estoy tan segura de que me rompería los huesos por defender a cualquiera de ellas, así como ellas han cuidado tanto de mí y mi pequeño.


“Me cuidan mis amigas, no la policía” y después de llegar a un acuerdo con los altos mandos al fin van a romper el encapsulamiento para que podamos partir con la promesa de no seguir ni detener a ninguna de nosotras. Pero muchas creemos (o sabemos) que no es del todo cierto y es entonces cuando L y E se me acercan y me preguntan para donde voy, dos madres cómo yo que esta vez no traen consigo a sus hijos, pero saben y entienden del nerviosismo y cansancio que me embargan. L me ofrece acompañarme al metro y le obsequia un jugo a mi bebé. Feminismo es esto, lo sabemos todas cuando se cruzan nuestras miradas, desde la primer marcha a la que asistí me ha quedado claro que siempre son amables, sororas y consideradas, aunque sea la primera vez que cruzamos palabra.


Vamos caminando y charlando y me propone unirme a Crianza Feminista para estar en contacto y acompañarnos, porque mientras la prensa y el gobierno reprenden y demonizan a las mujeres nosotras estamos tejiendo redes de apoyo para cuidarnos, nos conozcamos o no.


Tras un par de estaciones nos despedimos y camino con el corazón lleno de luz a pesar de lo duro de la movilización. Voy rumbo al transborde a encontrarme con el padre de mi hijo, porque yo, la feminazi odia hombres no soy el estereotipo absurdo y sesgado que se tiene sobre nosotras, ni tampoco lo es ninguna de mis compañeras. Mientras la escalera eléctrica avanza pienso en Isabel y Yunuen; mujeres a quienes sus allegados describen cómo inteligentes, amorosas, alegres, cálidas y llenas de energía; activistas feministas cuyo único crimen fue alzar la voz en un país que odia a las “feminazis” pero desconoce los elementos para tipificar un feminicidio o la definición real de feminismo. Y viene otra vez el nudo, mientras recuerdo un encabezado que leí en un portal de noticias de Francia: feminicidio político.


Y sé que no soy la única que está llena de frustración, incertidumbre, rabia y miedo, por eso es preciso encontrarnos y organizarnos. Tengo el corazón muy roto, pero esta vez tengo la certeza de que nunca mas estaré sola o desamparada.

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