Cuando la justicia también violenta

Por: la Abogada Apache
Hace unos días tuve una “discusión” con una funcionaria cuyo trabajo es recibir y atender a víctimas; el tema de discusión fue que a mí como abogada me expusiera sus motivos para no recibir ni atender a la víctima que quería saber de su asunto, al final la funcionaria me llamo “abogada incomoda”. Se confundió!, No soy incomoda, soy ”Abogada Apache”!
Pero quién era ella para saberlo, se trataba de una inocente funcionaria detrás de un escritorio con una excesiva carga de trabajo con muchos papeles que atender, en fin.
Una vez que salí de ahí, impotente y frustrada como buena Abogada Apache, reflexionando, concluí que hay funcionari@s públic@s que tienen un talento extraordinario: consiguen que una víctima entre a una oficina buscando justicia y salga preguntándose si, además de haber sido víctima, hizo algo malo por atreverse a pedir ayuda.
Lo digo desde la trinchera. Desde el escritorio lleno de expedientes, desde los pasillos de los tribunales, desde las oficinas donde una aprende que algunas puertas son más difíciles de abrir que otras, y desde esa experiencia que solamente se adquiere cuando llevas años litigando y has visto de todo.
Soy abogada, y como abogada he aprendido que hay una diferencia enorme entre tener derecho y conseguir que alguien te permita ejercerlo. También he aprendido algo todavía más doloroso: Hay personas que llegan ante una autoridad después de haber vivido situaciones terribles y, en lugar de encontrar protección, encuentran otra forma de violencia. Una violencia perfectamente peinada, con gafete, con escritorio, con sello oficial, y, algunas veces, solo algunas, hasta con una sonrisa.
La víctima llega nerviosa. Trae documentos, fotografías, escritos, quizá años de dolor resumidos en unas cuantas hojas y pregunta: “¿Qué puedo hacer?” La respuesta debería ser sencilla: “Vamos a ayudarle.” Pero que creen no siempre sucede. A veces o la mayoría de las veces la víctima lo primero que escucha es: “Eso no es para tanto.” “¿Y por qué no vino antes?” “¿Está segura de lo que está diciendo?” “Aquí no podemos hacer nada.” “Tiene que traer otro documento.” Y la persona sale con su carpeta bajo el brazo, la dignidad por debajo del suelo y una sensación devastadora porque nadie le creyó.
Entonces en el mejor de los casos, entra la abogada, y aquí empieza otra historia.
Porque cuando una abogada acompaña a una víctima, hay autoridades que parecen interpretar la presencia de una defensora como una provocación. De pronto, la víctima deja de ser una persona que necesita ayuda y se convierte en “la señora que viene con la abogada”. Y la abogada deja de ser una profesionista que ejerce su función y se convierte, misteriosamente, en una molestia.
Ahí aparece el tono, la mirada, la interrupción, el “yo sé cómo hacer mi trabajo”, el “aquí siempre se ha hecho así”, y ese clásico que merece un monumento burocrático: “Abogada, no se ponga así…”
No, señora! No me estoy poniendo así!
Estoy preguntando por qué están tratando así a una persona que vino a pedir justicia. Porque hay algo que las autoridades parecen olvidar: una víctima no llega a una oficina pública a pedir un favor. Llega porque el Estado tiene una obligación. Y una abogada no llega a pelear por deporte. Llega porque alguien depositó en ella la confianza de defender lo que por sí misma quizá no puede defender. Por eso, cuando una funcionaria humilla a una víctima, la violencia no termina en esa víctima. También alcanza a quien la acompaña, porque la abogada escucha, ve, registra
Y muchas veces tiene que tragarse el coraje para poder seguir defendiendo, eso también es parte del litigio. Aprender a controlar la indignación mientras una persona frente a ti está siendo tratada como si su dolor fuera una exageración administrativa. Y sí, a veces dan ganas de decir: “¿De verdad necesita usted un cargo público para hablarle así a la gente?.
Pero una respira. Porque sabemos que la batalla importante no está en ganar una discusión en una oficina. Está en lograr que el derecho se respete. Por eso pedimos que se reciba el escrito, que se expida la constancia, que se funde y motive, que se notifique, que se entregue copia, que se asiente lo ocurrido, que quede constancia. ¡Que se atienda!
Porque una mala actitud puede negarse, un acto administrativo puede impugnarse, una arbitrariedad puede combatirse y un abuso de autoridad puede terminar convertido en prueba. Ese es uno de los secretos que el litigio enseña, no todo se combate gritando, a veces se combate escribiendo, a veces se combate documentando, a veces se combate recurriendo, y a veces se combate permaneciendo de pie frente a alguien que está acostumbrado a que los demás bajen la cabeza.
Y qué decir de las víctimas. De esas mujeres que llegan con miedo. De esas personas mayores que no entienden por qué después de tantos años de trabajo todavía tienen que rogar para que les reconozcan una prestación. De quienes llegan con la voz quebrada porque fueron violentados y todavía tienen que demostrar que merecen ser escuchados. De quienes no conocen el lenguaje jurídico y son tratados como si su ignorancia fuera culpa suya. De quienes no tienen dinero para contratar una defensa y, por eso, llegan solas.
Porque cuando alguien no conoce la ley, la autoridad debería explicársela, no utilizarla para intimidarlo. Y cuando alguien llega vulnerable, el poder público debería protegerlo, no hacerlo sentir todavía más pequeño.
Eso también es justicia, o debería serlo. Porque la justicia no comienza cuando el juez dicta sentencia, comienza desde el primer contacto que una persona tiene con la institución a la que acudió buscando protección, comienza en la ventanilla, en la recepción, en el juzgado, en la oficina, en la forma en que alguien responde una pregunta, en la manera en que recibe un escrito, en el respeto con el que escucha a una víctima. ¡Ahí empieza la justicia!.
Y ahí, también puede comenzar la violencia. Por eso, a mi si me preocupa esa costumbre de justificar la grosería diciendo: “Así es su carácter…”
¡No! El carácter puede explicar muchas cosas, No justifica el abuso.
Tampoco me convence aquello de: “Es que tiene mucho trabajo.” Todos tenemos trabajo. La víctima no tiene la culpa. La abogada tampoco. Y la ciudadanía no tiene por qué pagar emocionalmente por la mala organización de una institución.
Tampoco acepto que se confunda autoridad con arrogancia. Una persona verdaderamente segura de su función no necesita humillar a nadie para demostrar que tiene autoridad. La autoridad que necesita gritar que es autoridad probablemente ya perdió algo importante en el camino, porque el escritorio no es un trono, el sello no es una corona y el cargo no convierte a nadie en dueño de la verdad.
Y la persona que está del otro lado de la ventanilla no es un súbdito, es una ciudadana, es una víctima, es una persona y merece ser tratada como tal.
Por eso hoy hablo como abogada, pero también hablo como testigo. Porque he visto la cara desencajada de quienes salen de una oficina después de haber sido maltratados. He visto cómo bajan la mirada. He visto cómo dicen: “Ya no quiero seguir”
Y quizá esa sea la forma más silenciosa y peligrosa de violencia institucional. Cuando una persona deja de reclamar su derecho porque el sistema consiguió convencerla de que reclamarlo es demasiado doloroso. Ahí perdimos todas.
Por eso la Abogada Apache seguirá haciendo lo que sabe hacer: Preguntar, insistir, argumentar, escribir e impugnar.
Y, cuando sea necesario, decirlo en voz alta:
¡No es normal que una víctima tenga que sobrevivir a su victimario y después sobrevivir también a la institución que debería protegerla.!
¡No es normal que una mujer tenga que demostrar que merece respeto!
¡No es normal que una persona tenga que llegar acompañada de una abogada para que la escuchen!
¡No es normal que el funcionario crea que ser educado es un favor!
Y tampoco es normal que una abogada tenga que defender a su clienta del abuso de la propia autoridad mientras intenta defender el derecho que llevó a esa persona hasta ahí.
Eso no es justicia, eso es otra forma de violencia. Una violencia institucional que, por ser silenciosa, burocrática y estar cubierta de formalidades, no deja de ser violencia. Y quizá, por eso hace falta decirlo.
Aunque incomode, aunque moleste, aunque alguien vuelva a decir: “Abogada, no se ponga así.” No, no me estoy poniendo así. Estoy haciendo mi trabajo, y mi trabajo consiste, entre otras cosas, en recordarle al poder que enfrente de su escritorio hay una persona, y que esa persona tiene derechos.
Así que mientras existamos Abogadas Apaches dispuestas a defender a las víctimas, con convicción y por vocación, no todas van a bajar la cabeza.
Hasta la próxima.
Esta columna forma parte del segmento “Lo personal es jurídico”, escrito por integrantes de SORORAL Red de Abogadas, una colectiva conformada por abogadas de todo el país que brinda asesoría jurídica gratuita a niñas, niños, adolescentes y mujeres en situación de vulnerabilidad.







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